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Recuerdos

Nos escribe Juan Manuel Lugones:

Hace unos días estuvimos en Las Moscas con mi mamá, mi tía Juana y Julio Ledesma. Los filmé contando algo del pueblo y lo subí a YouTube para compartir en el blog.
Abrazo a todos.


Recuerdos

[Clickeá sobre la imagen para escuchar cada micro radial]

Juan Manuel Lugones es hijo de Margarita Berón, nacida y criada en Las Moscas.

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Retrato de mi pueblo

Este video que hoy compartimos gracias a la gentileza del profesor Federico Schwarz, fue realizado por los alumnos de la Escuela Secundaria Nº 22 "General José de San Martín" de Las Moscas.

Retrato de mi pueblo

[Clickeá sobre la imagen para ver el video]

Con este video, los chicos de la Escuela Nº 22 están participando de un concurso a nivel provincial, para lo cual debían realizar una producción audiovisual y/o musical tomando como eje temático principal contar y mostrar el pueblo, sus paisajes y su gente.
Felicitaciones por este proyecto y mucha suerte para todos ellos!!!!

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Nostalgia y vuelta a mi querido pueblo

Hoy les dejamos las emotivas palabras, escritas por Jorge "Gambeta" Lotz, que fueron leídas en el Décimo Encuentro Mosquero y publicadas tiempo atrás en el blog "Las Moscas y los mosqueros":

¿Te acordás cuando hace algunos años te tuviste que ir a buscar un mejor destino, porque las cosas estaban feas, te fuiste a buscar trabajo y con los ojos llenos de lágrimas dejabas mi pueblo?
Querido, que recuerdos sin olvido que siempre hay que recordar, siempre quisiste volver, porque se extraña, y cómo...
Caminar por tus calles, y pasar por la escuelita. Visitar la iglesia, y al ver el hospital recordar cuantas veces mamá te trajo para que te cure de una nana. Y de paso ir hasta el camposanto y prenderle una vela a los que ya no están, o al pasar por la comisaría recordar con una sonrisa en los labios cuando el comisario te retó porque te mandaste alguna picardía...
Que lindo aquel potrero, cuando le dabas con fuerza a tu primera pelota de cuero, o cuando de gurisa jugabas en la vereda de tu casa a las muñecas. Pasar por la plaza, la que seguro alguna vez te vió noviando, y recorrer tu pueblo. Ya no están los negocios ni boliches de antes. Entrando al pueblo estaba lo de Guidal Wexler, lo de Rosenfeld, lo de doña Juana Edelcopp, lo de don Samuel Sivak... Lo de Solano y el Fondo Comunal, y la estafeta, atendida por Reyna Dening, y de paso por la carnicería de Ítalo Cataneo, seguimos por lo de Cirlin que siempre te decía "más barato que en Buenos Aires"...

Pasamos por el bar de doña Manuela Cibau, la carnicería de don Polo Cibau, y don Pety González con el cortador, Fiche Almada o la del Zorrino Leguizamón...
Pasamos por el kioskito de quiniela de Yoma y Yamil... La mercería de Elena Pioli, el bar de Brun, la peluquería de Marcos Wexler, la veterinaria "El Petiso", los talleres de Agustín Dening y el de don Pedro Merlo y de Agustín Mendoza, y el que te tapaba los latones con agujeros, don Pedro Carcacha... Y algún otro que seguro me quedó en el tintero, pero vos guardás tu memoria y te encontrás con los nuevos: el super de Aníbal y Dora, la carnicería de Verbaubede, la tienda de Nancy donde seguro te llevás un mate o un llavero, pero eso si, que diga "Las Moscas" porque sos fanático de tu querido pueblo. O ir a tomar un aperitivo a lo de Angelillo, y al pasar por el club y ver que están los muchachos, entrar un rato a escuchar las anécdotas de Carnacho, el sepulturero del pueblo que te dice como van los muertos, que él sabe muy bien porque el alcalde don Toribio Córdoba le decía como tenía que hacer.
O encargar empanadas y algunas pizzas en lo de Nely, y entras a pegar la vuelta, y sin darte cuenta te mezclás a jugar un partido de bochas en el bar de Mario Pioli, y seguís otro ratito con los ojos llenos de brillos, te sentás a jugar al truco en el bar de Cepillo y al pasar por la panadería de Darío Kler le encargás las tortas negras para el mate y ya que estás llegas hasta la esquina, te cortás el pelo con Vitrola o la Baty y después de tanto recorrer, de olvidarte de comprar algo son la una de la tarde y debe estar todo cerrado, a donde puedo ir?
Pero claro, a la despensa de don Pedro Kusnier.

Volviste feliz y contento, y a festejar se ha dicho !!!
Por eso con estas humildes palabras te damos la bienvenida. Y acordate hermano, acordate hermana, que siempre tu querido pueblo te espera y te dice: "Bienvenidos, copoblanos, al Décimo Encuentro Mosquero".

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Búsqueda familiar

En la dirección de correo electrónico del blog recibimos hace ya algunos dias el pedido de búsqueda de familiares que reproducimos a continuación.
Suponemos que será una buena excusa para recordar personas y a la vez tratar de ayudar a esta señora a encontrar a sus hermanos. La carta dice así:

Actualmente estoy documentada como Marta Beatriz Avile. Me encuentro domiciliada en María Grande, Departamento Paraná. Nací en Avellaneda, provincia de Buenos Aires, el 31 de Julio de 1960 bajo el nombre de Beatriz Marta Stur, identidad que tuve hasta los diecinueve años, cuando fui legalmente adoptada por Rosario Avile y Elisa Santucho quienes me criaron desde aproximadamente los tres años de edad.
Por casualidad, el señor Héctor Gonzales, domiciliado en Berazategui (Buenos Aires) se dirige hacia la localidad de María Grande con la intención de encontrar lo que hasta entonces era un dato: de que su posible madre, Casimira María Stur, vivía o vivió en dicha ciudad.
Estos datos eran obtenidos por medio de la ANSES debido a una jubilación que la misma cobraba a nombre de su esposo, una persona de apellido Hernaes.
Sin saber de mi posible existencia, llega hasta el domicilio que figuraba en esos datos y se encuentra con una persona que, al preguntarle por la existencia de Casimira Stur, le responde que había fallecido hace un tiempo. Pero que buscara en otra dirección de la misma ciudad, donde encontraría a una hermana. De esta manera fue el encuentro.
Por este motivo paso a requerir documentación sobre la persona que originariamente es mi madre (María Casimira Stur) nacida en Las Moscas, distrito Uruguay, el 4 de Marzo de 1924; fallecida el 13 de Abril de 1991 en María Grande a la edad de 67 años, hija de Isidoro Stur y Filomena García, cuyos abuelos paternos fueron Stevan Stur y Maria Nadalich, y sobre los abuelos maternos como único dato figura el nombre de Verónica García.

Sabemos de la existencia de dos hermanas mayores de edades superior a la mía, de mas de cincuenta años, posiblemente apellidadas Stur o en su defecto y más probablemente Hernaes.
Agradecería cualquier información sobre el apellido Stur, dado que por los datos que he recabado me he enterado que provienen de esa locación (Las Moscas) y serían todos descendientes de la misma rama familiar.
Poseo toda la documentación legal que avala mis antecedentes: partidas de nacimiento, defunción y demás de los mencionados como así también toda la documentación de mi adopción legal, antes mencionada.
Agradeceria además poder saber si su localidad cuenta con algún tipo de oficina de Registro Civil a la cual acudir para obtener mayor información.
Atentamente, a la espera de una respuesta.

Beatríz Marta Avile

Quienes puedan aportar datos, agradecemos comunicarse con Beatríz a su dirección de correo electrónico, quintanacesar@live.com.ar, o bien solicitar su número telefónico a la dirección del blog.

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Recuerdos de un mosquero en Córdoba

Desde la ciudad de Córdoba, Jorge Knoll nos acerca sus recuerdos del pueblo:

Hola, chicos:

No se quién o quiénes son los que ponen este blog en la web pero lo he encontrado y me ha causado gran emoción.
Yo nací en Las Moscas y viví allí hasta los once años. Siempre he vuelto a visitar a mis abuelos, a don Juan Knoll, el zapatero y a doña Cecilia Riedel de Knoll, hoy ya fallecidos. También tengo allí a mis tíos Margarita Knoll y "Licho" Noguera, mis primos, a quienes les mando un beso y todos mis cariños. Por el lado de mi mamá también saludo a las familias Bolig y Cornejo, porque allí tengo también a muchos primos.
Actualmente vivo en Córdoba y soy periodista. Tengo 44 años. Cada vez que me preguntan de dónde soy, contesto que he nacido en Las Moscas, y en más de uno provoco una sonrisa, por el nombre de nuestro gran pueblo.
Las imágenes que tengo siempre presentes son las del arroyo y sus crecidas periódicas, todo un acontecimiento para los habitantes del lugar. La vieja comisaría que estaba al lado de las vías, un ranchito con calabozo, que después fue trasladada al lado de la cancha, en un edificio más moderno. El fútbol que he jugado en la canchita de la escuela. El salón de Brun. La iglesia con San Lorenzo como figura máxima. Las fiestas patronales con los juegos para los niños y los sorteos para los parroquianos. El Hospital, allá, cerca del "Chaco", como llamábamos a ese barrio alejado y próximo a un brazo del arroyo. Los galpones del Fondo Comunal, al lado de la estación de trenes, donde mi viejo Vicente Knoll recibía cereales que los colonos traían desde el campo para la época de las cosechas. La "Altura", ese barrio tan lindo que estaba cerca de la cancha de fútbol del pueblo. Lo de "Angelillo", ese bar que ninguno que quisiera conocer el lugar podía esquivar. El negocio de Cirlin, verdadera proveeduría para todos los lugareños, donde se vendían todo tipo de mercaderías, desde papas hasta nafta o cubiertas para los autos. La cabina telefónica, atendida por don Córdoba en la esquina de la manzana de mi casa, pegado a lo de don Tito Pioli. El negocio de la Bocha, donde compraba la revista "Goles" después de que el camión de transporte "Rutazul" traía las revistas los martes a la tarde. La panadería de los Solano, que tenían una canchita de fútbol propia donde he jugado muchas veces, y el local de elaboración y depósito de leña en una esquina característica. El correo que atendía la señora de Italo Cattáneo, el carnicero. La sodería de Japeto Dening, que repartía los sifones en un camioncito todo desvencijado. El bar de Don Sivak, adonde siempre encontraba a mi abuelo materno don Enrique Bolig, quien me compraba caramelos. El bar de Noguera, enfrente de la cancha, donde los más viejos jugaban a las bochas y tenían un anotador de tantos clavado en un árbol. El Fondo Comunal, adonde trabajaban Pata Córdoba y Nungo. La estación de trenes atendida por don Weber, hincha de Estudiantes de La Plata y entonces presidente de la junta de gobierno. Estación en la que también trabajaba don Stagnaro, padre de Miguel y del otro muchacho, apodado Manfoca, que combatió en Malvinas y que es un verdadero orgullo para el pueblo.

Se me pone la piel de gallina. Porque ese es mi lugar en el mundo. El traslado de mi viejo por razones laborales me arrancó de allí y empezó a andar mi vida por otros lados. Pero un pedazo grande de mi corazón se quedó en esa porción de tierra. Lo más importante es que cada uno de nosotros respondamos con orgullo esas dos palabras ante la pregunta sobre nuestro origen. Que no perdamos la oportunidad de decir que somos "mosqueros". No "moqueros", como acá en Córdoba se estila decirles a los que se equivocan muy seguido. "Mosqueros", una raza de buena gente.

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Carta desde Madrid

Madrid, 23 de Abril de 2010.-

Con gran emoción he leído los mensajes posteriores a la narración de Adela y me han traído a la memoria los momentos más gratos de mi vida. No nací en Las Moscas, ni viví allí (bueno, sólo temporalmente) pero me siento tan mosquero como el que más. Alguien ha dicho que uno no es de donde nace sino de donde se siente pertenecido, y yo me siento mosquero.
Ah, me olvidé presentarme: soy Jorge, hijo de María Cirlin, una de las hijas de Jaime y Rebeca Cirlin y tengo ya 64 años. He pasado con mis abuelos y tíos todas y cada una de las vacaciones estivales de mi infancia y juventud (a caballo con Basavilbaso, con mis tíos Abraham Golub y Nelly). Ya al día siguiente de terminar las clases en Gualeguay estaba montado en el tren rumbo a mi terruño.
Nombres y apellidos como Román Henderson, Negra Rotela, los Edelcopp, Luisito Rosenfeld, Sivak, Tito Pioli, Holtzman, Merlo y un larguísimo etcétera volvieron a mi memoria como si fuera ayer. En especial recuerdo a Ramón Rodríguez con su inseparable cigarro, la mano derecha de mi abuelo, que me aguantaba las travesuras sobre las bolsas de cereales del galpón del ferrocarril y respondía mis insistentes preguntas sobre el tema, a su hijo "Huguito", entrañable amigo lo mismo que "Licho" Noguera que arreglaban lo que yo "ordenaba" en los cajones de la tienda a mi mejor saber y entender. Un especial afecto para el Dr. Lifchitz y su hijo Alberto que me dejó "huérfano" de compañero de verano cuando se fueron a vivir a La Plata y ya Las Moscas se me hizo más aburrida (además de las hormonas que me pedían más Basavilbaso).
Recuerdo con placer el agua de pozo, fresca y agradable, las noches límpidas y estrelladas 360 grados a la redonda y alumbradas solo por las luciérnagas, el aire puro y el silencio acogedor, el olor a "pasto fresco" de la plaza, el arrullo de las gotas de lluvia sobre las chapas de zinc aunque no tan gratamente los barriales que se formaban al día siguiente ni el tener que salir a hacer mis necesidades fisiológicas fuera de la casa. Recuerdo las interminables veladas de charla, lectura y partidas de ajedrez con mi tía Fanny, la esposa de Beine, mis "peleas a muerte" con los numerosos gatos que había para combatir los roedores, el no hacer nada y la emoción de la llegada de los parques de atracciones y circos.¡Que felicidad!
Hace casi veinte años que vivo en Madrid y hace muchísimo que no voy por allá (mi intención se frustró un fin de año de hace unos años estando en Santa Fe, con todo organizado, y una huelga de expendedores de combustible lo impidió).
Ahora leo que el pueblo está en extinción pero que hay una esperanza de rescate. Ojalá se dé, porque me duele que se sufra donde el tan mentado "estándar de vida" está en lo más alto (y si no comprueben las tasas de longevidad) y que desearíamos tener los que vivimos en las grandes ciudades con todos sus progresos.
Un abrazo para todos los mosqueros.

Jorge Palma Cirlin
P.D.: Mi correo es jpalmac30@hotmail.com

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Una vida en cuentos

Este es el título con el que el docente y escribano Julio César Díaz publicó un libro de relatos y anécdotas sobre su vida.
Julio César nació en Hambis, departamento Colón, en marzo de 1929. Fue alumno de su padre (que llevaba su mismo nombre y también era docente y director de escuela) junto a su hermana Gloria. Egresó como maestro de la Escuela Normal "Mariano Moreno" de Concepción del Uruguay en el año 1947 y a lo largo del tiempo se desempeñó como maestro rural en distintos lugares de la provincia de Entre Ríos.
En Villa Clara se casó con Yolanda Aletti y se instaló en la colonia Rosh Pinah donde, ejerciendo la docencia, completó sus estudios de escribano en la Universidad del Litoral y continuó sus dos pasiones laborales: la escribanía y la docencia.

Una vida en cuentos[Clickeá sobre la imagen para agrandar]

Estos cuentos fueron recopilados y publicados por Julio César en su ciudad adoptiva, Concepción del Uruguay, en marzo de 2009, conmemorando así sus ochenta años. Les dejamos algunos de estos cuentos:

AYUDA A DON PEDRO
Un largo camino de tierra, oscura, polvorienta; poblada de verdes, ocres... Verde pasto, verde cardo... Rojas margaritas silvestres pintan heridas vistosas en el campo. De colonia Rosch Pinah a Domínguez estaba el rancho da Don Pedro, un poco antes de la cremería.
La "clemería" según los alumnos de la escuela (mis alumnos) era atendida por el "clemero", claro. Fabricaban crema con la leche que los colonos llevaban en carros y sulkys en mañanero transitar. El bucólico paisaje de nuestro viaje casi diario al pueblo en busca de víveres, correspondencia, conversación y noticias, todo nítidamente en mi memoria.
Don Pedro, buen amigo, trabajador y esforzado, con familia de muchos hijos en la escuela y necesidades siempre crecientes, decidió viajar a Villaguay para pedir ayuda a la Fundación Eva Perón cuya labor proficua y humana, a veces improvisada pero siempre generosa y productiva, proveía de alimentos y ropa a los pobres siempre y cuando éstos acreditaran su condición de tales.
Así Don Pedro, vestido con su mejor bombacha y sus alpargatas casi buenas, casi limpias, pañuelo al cuello y sombrero cotidiano, se dirigió a la Unidad Básica donde le informaron que debía justificar su pobreza con dos testigos. Sin amilanarse, solo y fuera de su pago, cruzó a la plaza y encaró a doa varones sentados en un banco; en su hablar pausado y criollazo les pidió que atestiguaran su condición de menesteroso. Los muchachos lo miraron con recelo y eludiendo el compromiso le respondieron:
-"¿Qué sabemos nosotros que usted es pobre? No lo conocemos..."
Don Pedro los miró con desconcierto, en su expresión ingenua se leía el desaliento... Con un brazo en la cintura se miró la bombacha descolorida y las alpargatas gastadas descartando el testimonio de su propia apariencia. Movió la cabeza y les espetó:
-"Si me firman en la Unidad Básica yo le doy diez pesos a cada uno."
Los muchachos se miraron, y dijeron al unísono: -"¡Así sí!"
Se levantaron del banco y se encaminaron juntos hacia la Unidad Básica para firmar que efectivamente Don Pedro era indigente.

SALVADO Y GRATIS
El desarrollo trajo jóvenes profesionales al pueblo y con ellos, a tónica distinta. Recién recibidos, médicos y dentistas comenzaron su profesión en el pueblo, que todavía reticente a abandonar del todo el siglo XIX se revolucionaba fácilmente ante estas novedades del progreso.
Don Guidal llegó montado a la escuela rural. Muy amigo mío, orejudo, chueco, de nariz aguileña, pequeños ojos azules y un corazón grande como el mundo...
Excitado, exultante, me informó:
-"Se le fue la mujer a Gaskansky, marchó con uno de los dotores nuevos. Tenía dos hijos... Cómo son estas mujeres, no piensan en lo que hacen ni el mal que le hacen."
Me quedé callado, sorprendido por la intempestiva noticia y tratando de interpretar esa mezcla de crítica al género con la pena de mi amigo.
Don Guidal no pareció advertir mi silencio apesadumbrado y compasivo. Moviendo la cabeza exclamó con profundo alivio:
-"...y el marido se salvó sin pagar nada."

PASCUALITO
En Entre Ríos, en la línea ferroviaria que ya no existe, entre Basavilbaso y Concordia, pasando Estación Urquiza, está Las Moscas, que aún existe.
Poblado pequeño a donde íbamos seguido para buscar mercadería, correspondencia, amigos y demás. A caballo o en sulky recorríamos una legua larga desde la escuela, con unas pocas casas cada tanto, muchas veces en el barro y bajo la lluvia. Recuerdo que nos cubríamos con una gran capa de paño negro que, aunque no era impermeable cumplía la noble función de cobijarnos.
Era el año 1952, Pascualito Pérez, boxeador peso mosca nos dio el alegrón del primer campeonato mundial argentino; todos lo celebramos con emoción, pero no tanto como un paisanito del pueblo, que eufórico, no cesaba de exclamar con glorioso triunfalismo: "¡Así nomás Moscas... tiene un campeón!".


EPPUR SI MUOVE
Lluvia y barro, barro y lluvia en la soledad de la Escuela, en el medio del campo. La familia se había quedado en el pueblo por enfermedad y ya iban cuatro días iguales de estudio y más estudio, interrumpido sólo para cocinarme algo; ni radio podía escuchar por el ruido de la descarga.
Sin ver a nadie ni oír una voz humana en varios días, sentí con gran alivio que golpeaban la puerta: un entrañable amigo que desafiando las inclemencias del tiempo llegó a caballo, tal vez buscando desentumecer el aburrimiento.
Intercambiando saludos afectuosos advertí que no había hablado con alguien en varios días; mi aislamiento me había hecho olvidar también del tema que por entonces, 1957, ocupaba todo el espectro de la vida cotidiana: no se hablabas más que del satélite artificial que los rusos habían puesto en órbita.
Mi inesperada visita era un sencillo hombre de campo, tan ingenuo como bondadoso y solidario. El tema del momento había despertado su curiosidad y estimulado por el temporal acudió al amigo más "leido" que tenía cerca. Así que mientras se sentaba en la galería y antes de yo pudiera hacerlo, me espetó la pregunta "¿Qué es eso del sateli?"
Todo mi espíritu vibró al compás de la compañía humana y haciendo gala de mis recursos didácticos, me acomodé en la silla, puse al frente los puños tratando de representar los movimientos de traslación y rotación de la tierra, a la par que iniciaba una explicación simple: "Vea Don Abraham, así como la Tierra se mueve...", levanté la vista hacia él y en vez de la expresión de entendimiento que esperaba, me encontré con un gesto entre alarmado y escéptico. Con incredulidad preguntó: "¿Se mueve...?".
Al tiempo me enteré de que mi amigo muy preocupado, comentó el hecho en el boliche del pueblo: "El maestro está loco ¡dice que la Tierra se mueve!", entre sonoras carcajadas de los contertulios. ¡Oh Galileo Galilei 1957!

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Blackie

Paloma Efron, o "Blackie" como la conocía su público, fue periodista, cantante, directora y productora de teatro y TV, además de ser la primera mujer directora de un canal de televisión, el 7. Había nacido el 6 de diciembre de 1912 en el seno de una familia judía de la colonia Rosh Piná, en el departamento Villaguay. El pasado mes de marzo de 2009, "Blackie" fue reconocida como una de las doce mujeres más destacadas del país, durante una ceremonia especial realizada en la Casa Rosada y presidida por Cristina Fernández de Kirchner.
Junto con Alfonsina Storni, Victoria Ocampo, Alicia Moreau de Justo, María Eva Duarte de Perón, Tita Merello y otras, "Blackie" ocupa un lugar destacado, y una céntrica plazoleta en Buenos Aires lleva su nombre.
Cuando tenía catorce años su madre enfermó gravemente y ella decidió cuidarla, por lo que dejó de lado la instrucción formal pero no el estudio. Como autodidacta, llegó a dominar, además del español, el idish, el hebreo, el inglés, el francés, el italiano, el portugués y el alemán. Le interesaron la música y la actuación, y a los veinte años se fue a vivir sola, toda una revolución para la época, siendo decisiva, como en tantas otras cosas, la influencia de su padre, Jedidio Efron, un personaje muy curioso, que no dudó en apoyarla y alentarla a luchar para obtener su propia independencia económica.

Blackie junto a Atahualpa Yupanqui[Clickeá sobre la imagen para agrandar]

Táibele (que en idish significa "Palomita", tal como gustaba llamarla su madre) se destacó por interpretar los famosos "blues" o "negro spirituals", para lo cual residió cuatro años en Nueva Orleans, en Estados Unidos y gracias a lo cual pudo conocer a Duke Ellington, Ella Fitzgerald, con quien llegó a cantar, Louis Armstrong, Nat King Cole y otros grandes del jazz y el soul. Y aprovechando también su estadía en Nueva York, realizó estudios en Antropología en la mundialmente reconocida Universidad de Columbia.
Había comenzado sus éxitos en 1934 ganando un concurso en la entonces Radio Stentor, de Buenos Aires, y así fue logrando popularidad. Era hija de don Jedidio Efron, maestro rural, y de Sara Steinberg, quienes la apoyaron para que la entonces jovencita Blackie siguiera el camino de su firme vocación artística y periodística. Intervino asimismo en varios filmes, recordándose "El otro yo de Marcela", "Cristina" o "¿Qué es el otoño?", y también actuó en teatro.
A temprana edad, su familia dejó Rosh Piná para mudarse a la colonia Novibuco I, muy cerca de Basavilbaso, y luego de un tiempo se trasladó a Buenos Aires. Al finalizar la escuela primaria creyó que su vocación era la química y más tarde entró a trabajar como bibliotecaria en el Instituto Cultural Argentino Norteamericano gracias a sus conocimientos de inglés; allí decidió empezar a cantar, lo que le permitió no sólo actuar con continuidad en la radio, sino también ingresar en los círculos intelectuales y ganar nuevos espacios. Luego fue aplaudida en el teatro y también le permitió debutar en el cine. Mujer culta, podía decir cosas inteligentes en diferentes idiomas y era dueña de una aguda inteligencia y de una singular aptitud para el diálogo fluido, cultivó en televisión y en radio una forma de periodismo que exhibía un alto nivel de seriedad sin caer jamás en la solemnidad o en los lugares comunes, haciendo cosas que eran absolutamente fuera de lo común en la época que vivió. "Cita con las estrellas", "El show de las estrellas", "Derecho a réplica", "La mujer", "Tarde, bien tarde" y -especialmente- "Volver a vivir", son algunos de los programas que le dieron un lugar de excepción en la televisión argentina. Pero muchos la recuerdan por su exitoso ciclo radial "Diálogos con Blackie", que le dio muchas satisfacciones, además de numerosos premios. También produjo contenidos tan dispares como los de "Odol pregunta" y "Titanes en el ring", y estimuló las carreras de Tato Bores y Roberto Galán. Fue la primera en realizar entrevistas, basando su experiencia en las que había hecho en Estados Unidos, en que entre los invitados figuraron Marilyn Monroe, Arthur Miller, Marlon Brando, Ives Montand, Simone Signoret, Henry Fonda, Federico Fellini, Salvador Dali, Lana Turner y Golda Meir, con quien llegó a tener una amistad que se consolidó a lo largo de los años.
"Blackie" falleció el 3 de septiembre de 1977 en la ciudad de Buenos Aires.

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Una buena cosecha

Samuel Eichelbaum, hijo de inmigrantes judíos rusos, nació en la localidad entrerriana de Domínguez el 14 de noviembre de 1894 y falleció en Buenos Aires el 4 de mayo de 1967. Fue considerado el más importante dramaturgo argentino de su tiempo. Su obra teatral llena medio siglo de la historia argentina y su prestigio excede las fronteras del idioma.
Publicó tres libros de narraciones: Un monstruo en libertad (1925), Tormenta de Dios (1929) y El viajero inmóvil (1933, reeditado en forma ampliada en 1968 y al que pertenece el cuento aquí reproducido).
Eichelbaum es más conocido por el gran público por su cuantiosa obra teatral, donde sobresale Un guapo del 900, que incluso tuvo una adaptación cinematográfica. Del resto de su repertorio pueden citarse, por orden de aparición: Las aguas del mundo, Cuando tengas un hijo, La cáscara de nuez, El camino del fuego, El cuervo sobre el imperio, Divorcio nupcial, Dos brasas, Gabriel el olvidado, La hermana terca, Un hogar, El judío Aarón, La mala sed, Nadie la conoció nunca, Pájaro de barro, Soledad de tu nombre, Un tal Servando Gómez, Vergüenza de querer y otra larga docena de títulos, superando la treintena su producción teatral.
El relato que hoy publicamos se llama "Una buena cosecha" y dice así:

Llevaba ya cuatro años trabajando las ochenta hectáreas de la chacra que le dieran a llegar a la Argentina, procedente de Rusia. La colonia Rosh Piná, de Entre Ríos, era la más alegre de cuantas allí se constituyeron, pero esta circunstancia no influyó para nada en su vieja aversión a las tareas rurales.
Cuando se embarcó con destino a estas tierras, dijo aceptar las faenas del campo con el exclusivo propósito de llegar a América y poder luego dedicarse a su oficio.
En ningún momento se resignó a la idea de arar la tierra. No se sentía suficientemente apto para ello ni creía que el campo fuese ambiente propicio a su espíritu. En el viaje, a causa de algunos hechos advenidos en forma imprevista y que se relacionaban con el primer acontecimiento sentimental de su vida, hubo de renunciar transitoriamente a su anhelo de radicarse en la ciudad y dedicar sus energías a la mecánica, que era su oficio y al que amaba como se ama una labor del espíritu. Fue el suyo un viaje tan lleno de episodios trágicos, que había agotado totalmente su voluntad. Al llegar al puerto de Buenos Aires, ya no le quedaban esperanzas, ni propósitos, ni decisión. Se sintió dócil a las sugestiones de su mujer, la cual nunca osó discrepar con la madre.
De esta manera, Bernardo Drugova resultó ser, con grande y explicable sorpresa por parte de la suegra, un yerno de carácter blando y sumiso, sin que él lo sospechara. Al no oponerse a los deseos de su mujer, obedecía indirectamente a aquella, ya que la suegra ejercía sobre su hija un influjo terminante. Tomó posesión de su chacra con una indiferencia que contrastó visiblemente con el regocijo que este acontecimiento determinó entre los demás colonizadores de la misma inmigración. Los trabajos del campo le eran totalmente desconocidos; pero como estaba dotado de una extraordinaria capacidad asimiladora para toda tarea manual, muy pronto se convirtió en uno de los chacareros más expertos del lugar. No obstante ello, Drugova odiaba la tierra. Cuando su mujer le dio su primer hijo, reapareció en él con mayor intensidad que nunca, su anhelo de vivir en la ciudad. Expresó a su esposa y a su suegra ese deseo, varias veces, y en cada ocasión halló en la anciana una hostilidad agresiva. Su mujer no se oponía precisamente, pero tampoco compartía los deseos de su marido. Su actitud era de prescindencia, más por temor a las iras de su madre que por conservar el bienestar de que pudiese disfrutar donde se hallaba. Drugova dejóse estar nuevamente. No quería ser el causante del sufrimiento de su suegra, cuya penosa ancianidad, por una parte, y cuyo carácter quejumbroso, por otra, imponíanle un cómodo respeto. No creía que el dolor que el traslado de la hija a Buenos Aires pudiese proporcionar a la madre llegara a tener la importancia de un factor decisivo sino en la vitalidad de esta última, según madre e hija afirmaban, en sospechosa coincidencia. Sin embargo -pensó algunas veces-, ya que ambas lo aseguran, conviene no ser demasiado suspicaz, y admitirlo. De esta suerte, Drugova se persuadía a sí mismo, y callaba. Por lo demás, la anciana mujer sabía argumentar con habilidad cuando se trataba de desbaratar los planes de su yerno:
-Aquí tienes tu pan y tu techo -solía decir-. Pan ganado con nobleza y techo honrado. No tienes razón alguna para rechazar ese destino, que has aceptado al embarcar. ¿Qué irías a hacer a la ciudad? ¿A ocuparte de tu oficio? Hay en toda la ciudad millares de hombres más hábiles que tú, en tu propio oficio.
-Es preciso pensar en el niño -atrevíase a argüir él-. Habrá que darle una educación cuidadosa. No quiero que sea un obrero como yo, ignorante como yo.
-Edúcalo en la honradez y en el bien, que son las dos únicas cosas que importan. Que aprenda a arar y a sembrar la tierra y será honrado y bueno. ¿Piensas, acaso, que sea sacerdote? Sería pecado de vanidad pretenderlo; pecado tan grande como si aspiraras a hacer de él un sabio. Aspirar a grandes honores es un orgullo impropio de pobres. Mi cariño de abuela es tan grande como el tuyo de padre, pero el mío es también sensato y humilde. No necesita de grandezas que lo nutran. En esto parece diferenciarse del tuyo. Nada exijo de mi nieto para quererlo.
Las pláticas concluían, invariablemente, gracias al discreto silencio que observaba Bernardo, quien, en no pocas oportunidades, tuvo el propósito de imponer su voluntad violentamente, en una explosión de energía, pero siempre lograba dominarse.
Hacia ya mucho tiempo, quizás un año, que Drugova no hablaba de su deseo de trasladarse a Buenos Aires. Para su mujer y su suegra resultaba evidente que había abandonado esa idea, suposición que les era dos veces grata: por el renunciamiento en sí que ello implicaba y por el triunfo que involucraba para ellas.
Bernardo trabajaba con una voluntad que permitía creer que mediaba en su actitud una completa adaptación al ambiente. La cosecha presentábase, además, tan grávida de riqueza, que completaba el bienestar reinante en la chacra de Drugova, en cuyo campo tres enormes parvas, dos de trigo y una de avena, se alzaban como cerros de oro. El pequeño, entre tanto, había crecido fuerte y bello. En sus grandes ojos el color habíase fijado definitivamente, y sea ello exacto o no, lo cierto es que parecía mirar el campo con atávica indiferencia, tal como si su progenitor le hubiese trasmitido su extraviado odio a la tierra.
En Rosh Piná, algunos vecinos había ya cerrado trato para la venta de su cosecha. Drugova no lo había hecho aún. Su mujer, en varias ocasiones, le sugirió la conveniencia de apurar la trilla, temerosa de que los precios sufrieran, de pronto, según solía acontecer, una fuerte baja.
-No digo que te apresures a venderla, pero sí creo que deberías tener la cosecha lista. Puede presentársete una oferta realmente ventajosa, a condición de la entrega inmediata, y te verías obligado a rechazarla, perjudicándote.

A tales observaciones, de ejemplar sensatez, Bernardo, hombre de pocas palabras, daba la callada por respuesta, comunicando así la sensación de haber acatado el consejo que de ellas se desprendía.
Una madrugada, muy lejana el alba todavía, Drugova despertó. Miró a su alrededor, seguramente en busca de alguna filtración de luz que le permitiese adivinar la hora, y como encontrará todo oscuro en torno suyo, decidió levantarse. Previamente, observó a su mujer, que dormía su natural sueño pesado, extendidos los musculosos y morenos brazos, desecha la cabellera tupida y abundante. Dos minutos más tarde observaba pensativo, desde la puerta de su pequeño galpón de biznagas, el cielo, de un azul tenue y lechoso, anunciador de buen tiempo. Una luna llena pura, tímida y transparente, lo decoraba todo. Lentamente se encaminó hacia el campo. Los perros de la chacra vieron a su amo, que se empeñó inútilmente en no dejarse acompañar, y le siguieron. Drugova llegó hasta la primera parva de trigo, magnífica, inamovible, como una casa de fuertes y profundos cimientos; pasó su mano áspera por algunas gavillas, como si quisiera acariciarlas, y sintió la suave y placentera humedad del rocío. Luego, casi sin que mediara un solo pensamiento, extrajo de uno de los bolsillos del pantalón una caja de fósforos, encendió uno y lo introdujo todo lo que pudo dentro de la parva, que pareció estremecerse ante el peligro de la insignificante llamita. Cuando el hombre comprobó que su propósito no se frustraría, dirigió sus pasos hacia la otra, distante apenas unos cincuenta metros de la anterior, y repitió la operación. Concluida ésta advirtió que de la primera parva desprendíase un humo negruzco y denso, que se dilataba en el espacio, para desaparecer totalmente a los pocos metros.
Bernardo emprendió el regreso con la mayor premura. Sigilosamente se quitó la ropa y volvió a acostarse. Habría transcurrido media hora cuando oyó "torear" a los perros, e inmediatamente unos golpecitos en uno de los postigos de la ventana. Era Rogelio, un peón criollo de la chacra colindante, que divisó el fuego y se vino de un galope a dar el aviso.
-¡Don Bernardo, se le queman las parvas! ¡Le han prendido fuego a las parvas!
La esposa de Drugova se incorporó sobresaltada.
-Bernardo, te avisan que se han incendiado nuestra parvas.
-Ya he oído- respondió en un tono seco, de violencia contenida, y comenzó a vestirse, en tanto que su mujer ya había saltado de la cama, no sin agradecer antes a Rogelio.
Al salir al patio todo estaba perdido. Ambas parvas habíanse convertido en dos llamas, sin atractivo siquiera, pues el espectáculo del alba, que ya se iniciaba, restó toda importancia decorativa al fuego. La mujer observaba la voracidad de las llamas en tanto que sus ojos se anegaban en llanto. Así que apareció Bernardo, su esposa dijo, en forma apenas perceptible:
-¡Hasta que llegues allí con agua, ya no quedará ni un grano!
Por el lado de la tranquera, a la izquierda, se recortó la figura escuálida del buen peón.
-Parece que hace rato que arde. Yo lo vi recién. Monté en pelo y me vine de un galope.
Y después de un silencio agregó:
-¿Cómo habrá sido, digo yo?
En su media lengua, Drugova logró expresar que eso no podía ser obra de la casualidad sino de una intención. Rogelio comentó:
-¿Habrá cristianos tan atravesaos?

Un mes después, con lo que rindió la avena -fue la única parva que se "salvó" del siniestro-, Drugova, su esposa, la suegra y el hijito se trasladaban a Buenos Aires.

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De oficio arenero

Con este relato que hoy les dejamos, Alejo Córdoba, quien a sus 12 años es alumno de sexto grado en la Escuela nº 25 "General José de San Martín" de Las Moscas, participó en el concurso "Rincón Gaucho en la Escuela", que es organizado conjuntamente por el diario La Nación, la Fundación Cargill y el Ministerio de Educación de la Nación y está destinado a los alumnos de escuelas rurales de todo el país a fin de escribir sobre sus pagos, los usos y costumbres locales, la transformación del paisaje, los oficios del campo, los puntos de progreso, las creencias y supersticiones, entre otros temas. Este año más de mil alumnos de todo el país enviaron sus trabajos.
Alejo se inspiró en su abuelo Edelmiro Molina, también conocido como "Beco", para escribir "De oficio arenero", relato con el que obtuvo una mención en el concurso, gracias a la cual se hizo acreedor a premios que consistieron en una bicicleta, una mochila con libros y una estadía de 3 días en una estancia de la provincia de Buenos Aires para festejar el Día de la Tradición los días 9, 10 y 11 de Noviembre, lugar al que viajó en compañía de su papá, Rubén "Viri" Córdoba.

De oficio arenero
A continuación, el relato:

Hace unos años unos hombres de mi pueblo se dedicaban al oficio de arenero. Uno de ellos era mi abuelo. Trabajaba como peón de campo, pero los días libres traía arena al pueblo y también a pueblos vecinos. Ocupaba cuatro caballos atados al carro para el primer viaje y otros cuatro para el segundo. El río Gualeguay a donde iba a buscar la arena queda a dos leguas y media del pueblo. Salía al amanecer y volvía al mediodía con el primer viaje, de ida al trote largo y a la vuelta, cargado, los traía despacio para no cansar a los caballos.
La carga variaba según el encargo, si pedían una carrada, la misma era al ras de la caja del carro, si le pedían un metro eran ciento ochenta paladas las cuales contaba una por una.
Como no era el único que se ocupaba de eso, se ponían de acuerdo para vender al mismo precio y así tener las mismas posibilidades de venta. Pero no sólo eso tenía en cuenta el cliente, también la calidad de la arena: debía ser limpia, libre de pasto y resaca.
Cuando el río crecía tapaba todo el arenal, debían esperar días o semanas hasta que volvía a estar en caja (lo llamaban así cuando volvía a la anchura normal). Cuando eso ocurría mi abuelo se enteraba por los demás areneros que vivían en la costa. Pero antes de la creciente, anticipado por el pronóstico del tiempo radial, se iba dos o tres días al río y sacaba varias carradas de arena, varios metros lejos del río donde sabía no llegaría el agua, en caso que la creciente sea grande. Cuando esto ocurría en el arenal no quedaba nada limpio, palos, troncos, ramas, restos de animales muertos y cualquier otro elemento arrojado por la mano del hombre, que en ese entonces no eran tantos según mi abuelo. Todo lo que no le pertenecía al río, la creciente lo arrojaba al arenal y al pajonal. Cuando el camino daba, el trabajo del arenero era más duro pues había que zarandear la arena antes de llenar el carro, limpiándola de la resaca del río.
Me cuenta que en tiempos de verano se metía al río con carro y caballos, refrescaba a los animales y los hacía beber y a la vez mojaba las ruedas del carro, que al ser de madera con el sol se resecaban y se aflojaban, al humedecerse se hinchaban nuevamente y no había peligro que se rompan de regreso al pueblo.
En ese tiempo el río era de aguas claras y limpias y se podía beber sin peligro, en la arena había rayitos de sol de varios colores, en el paisaje se podían ver sauces, sarandí blanco, ceibos, talas, algarrobillos y ñandubay, éstos últimos en época de primavera y verano cubiertos por mburucuyá, clavel del aire y tas. Cuando los espinillos estaban en flor, varios metros antes se podía percibir el rico perfume a aromitos.
De camino al río y a sus alrededores se podían ver ñandúes, carpinchos, chajás, teros reales, chorlitos, gallaretas, palomas, tordos, golondrinas, cardenales, tijeretas, cuises y muchos otros animales, de los cuales hoy quedan pocos.
Cuando comenzaron a instalarse los corralones en las ciudades cercanas, los camiones traían arena a la mitad del precio que ellos vendían, poco a poco fueron perdiendo los clientes y el oficio de arenero desapareció, al menos en mi pueblo. La arena que está en el río está sucia y sacarla sería ayudar a destruir más la naturaleza.

Alejo

A este relato lo compartimos con ustedes gracias a la colaboración de Mabel, quien agrega:
Hermosa la historia del abuelo de Alejo, verdad? Hace unos años atrás había una calco que decía "Veranee en el Raigón". Se acuerdan?
Es una lástima que hayan abandonado tan hermosa playa. Hoy es difícil llegar en auto, el camino angosto y descuidado, los árboles cierran el paso. Es un hermoso lugar, ojalá lo podamos ver como lucía años atrás!

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Recuerdos de mi escuelita

Lidia Baccón escribe desde Concepción del Uruguay y nos comenta sobre los recuerdos que guarda de su paso por la escuela número 37 "Misia Clementina", ubicada en la colonia de Las Moscas, donde cursó el primer grado en el año 1954, primero superior en 1955, segundo en 1956, tercero en 1957 y cuarto en 1958.

Alumnos de la escuelita[Clickeá sobre la imagen para agrandar]

Nos dice también: "Recuerdo a la maestra y directora de entonces, Sra. Matilde de Segal y a la señorita María Teresa Ruiz Díaz, a mis compañeros Pérez, Larracochea, Pioli, Bournissen, Santa Cruz, Solano, Pereyra, Lavallena, Baccón, Benítez, Mettler, Micheloud, Dubied, Migueles, Collet y algunos más que no recuerdo en este momento. Muchos de ellos iban a caballo y otros caminando desde distintas distancias. En ocasiones, como suele suceder, con frío y lluvia o calores insoportables. Un saludo muy grande para todos ellos."

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Los recuerdos de Mabel

Desde México, Mabel Padlog nos envía algunas fotos y comentarios sobre los recuerdos de su niñez y adolescencia en la Colonia Leven, que estaba ubicada a pocos kilómetros de Las Moscas:
Para el Blog de los Mosqueros, y dedicado en especial para Diego Sajaroff.

La familia Padlog-Schmoisman[Clickeá sobre la imagen para agrandar]

Ésta fue la casa de don Miguel Sajaroff, en el número 2 de la Colonia Leven. Se observa sólo una parte, pues toda la construcción constaba de tres cuerpos. Lo que aquí vemos constituía la cocina, el baño, la despensa con sótano y un cuarto como de almacenamiento.
La primera foto es de 1962, si mal no recuerdo. A la derecha, mi mamá, Fanny Schmoisman. Sentada al centro, mi abuela materna, Esther Rosenstein viuda de Schmoisman. A la izquierda, mi hermana Nora.
De pie, mi papá, Julio (Jaime) Padlog, y a su lado yo, Mabel. Ahí yo tendría 17-18 años.Lo que sigue a continuación es la copia de un documento que nos fue legado por esa abuela, y que habla de una parte de la historia familiar.

Artículo sobre la familia Schmoisman[Clickeá sobre la imagen para agrandar]

Este recorte de una antigua publicación dice así:

El Ejemplo que Ofrece la Familia Schmoisman
(De nuestro Redactor Viajero en el Distrito Moscas)


Hombres que han labrado su porvenir desde muy temprana edad son los señores Juan e Isaías Schmoisman, radicados en su campo del distrito Moscas, departamento Uruguay, cuya propiedad alcanzaron tras grandes esfuerzos pues la prematura desaparición de su padre, don Jorge Schmoisman, los dejó frente al compromiso de completar su pago, lo cual estaba muy lejos aún de ser logrado.

La evolución del señor Jorge Schmoisman

Pero antes de pasar adelante con la reseña de las actividades de estos hombres jóvenes que desde la niñez se han sumado a los pionners que extraen las riquezas que atesora el suelo entrerriano, hemos de detenernos un instante para recordar la vida del que fuera su progenitor y que al desaparecer prematuramente les dejó herederos de un elevado ejemplo de honestidad y consagración al trabajo. Sin ese ejemplo, que la viuda y los hijos de don Jorge Schmoisman han seguido fielmente, acaso no hubieran logrado alcanzar la posición y el concepto de que hoy, tras largos años de sacrificios, gozan merecidamente.
Don Jorge Schmoisman llegó de Rusia en el año 1902 y dirigiose de inmediato a Entre Ríos, donde obtuvo que la Jewish Association le entregara una extensión de 146 hectáreas para que trabajase, en el distrito Moscas.
Dedicando su campo a la agricultura y a la ganadería, principalmente a la primera, la situación del señor Schmoisman fue haciéndose cada vez más cómoda, gracias al trabajo y los rendimientos obtenidos año tras año.
Más tarde, mientras la tierra le producía para su propia amortización, y el mantenimiento de su familia, don Jorge Schmoisman se hizo cargo de la mayordomía de la estancia del señor Sajarov, lindera suya, y fue en el desempeño de la obligación de este puesto que en el año 1914 sobrevino inesperadamente un hecho trágico. El señor Schmoisman fue muerto por un peón, quedando su familia en el mayor desamparo, pues sus hijos eran pequeños -el mayor tenía entonces nueve años- y sin haber pagado más que la cuarta parte del valor de su campo.

El esfuerzo hecho por la viuda de Schmoisman

Es realmente digno de mención el esfuerzo que correspondió a la señora Esther viuda de Schmoisman para continuar adelante, pues aunque contaba con la ayuda de sus hijitos, los cuales ya poseían alguna práctica de las tareas agrícolas, éstos no podían cooperar con ella en la medida necesaria dada su escasa edad. No obstante ello, con personal extraño, y la cooperación de los niños, orientados por ella, la viuda de Schmoisman supo salvar el difícil lapso desde la muerte de su esposo hasta que sus hijos estuviesen capacitados para el trabajo. ¿Que podríamos decir en homenaje a esa señora que al llamado de su deber de madre ha sabido imponerse a la desgracia que en plena juventud la ha afligido y proseguir adelante sola en la tarea de asegurar el porvenir de sus hijos? Solo porque nuestra pluma se siente impotente ante tamaña entereza, rememorar aquellas mujeres que han hecho de sus vidas un apostolado de energía noblemente encaminada; de aquellas mujeres santas porque han sabido cumplir el más santo de los deberes, el deber de ser madre. Sobreponiéndose al amilanamiento con que la muerte de su esposo ha afligido a su espíritu, la señora de Schmoisman ha proseguido firmemente el camino por él emprendido, mientras sus hijos fueron haciéndose lo que su padre ha soñado que fuesen: los dignos continuadores de sus actividades.
Poco a poco, pues, las actividades desarrolladas por todos, bajo la dirección espiritual y material de la señora, permitieron amortizar la propiedad que quedó librada en 1927, después de cuya fecha los hermanos Juan e Isaías, quienes actualmente siguen las labores propias de su campo, adquirieron 57 hectáreas más, con las cuales cuentan ahora 203, en plena explotación agrícola y ganadera.

Los hermanos Juan e Isaías Schmoisman

Cinco son los hermanos Schmoisman. Una mujer, Fanny, y cuatro varones, de los cuales dos se dedican al comercio, alejados del punto que indica la residencia paterna.
Ellos son Leiva y Bernardo Schmoisman, los cuales están actuando en Buenos Aires y en Viale, respectivamente. Los otros dos, Juan e Isaías, son los encargados del campo, y a pesar de su larga actividad en el mismo, solo cuentan 24 años el primero y 22 el segundo. De ellos dijimos, y es oportuno repetirlo ahora, que son hombres jóvenes que desde la niñez se hallan sumado a los pionners que extraen las riquezas que atesora el suelo entrerriano.
Es ejemplar la cooperación de toda la familia Schmoisman para propender al bienestar común mediante la conquista de la posición que hoy goza. Y tanto es así que muy pocas veces ocurre un caso semejante, del que resultan altamente favorecidos por el concepto público tanto la señora viuda de Schmoisman como sus hijos.

Las hermanas Padlog y su madre[Clickeá sobre la imagen para agrandar]

En la última foto estamos Judith, Nora y yo, y dentro del auto nuestra mamá (Fanny) que ya en aquellos años era tan osada como para manejar el Chevrolet.
Seguramente Bernardo Cirlin recuerda algo de lo que aquí les envío.

Un saludo para todos.

Mabel Padlog

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El ingeniero Sajaroff (segunda parte)

El ingeniero pudo encontrar pronto alivio en las tareas del campo que había adquirido, a las que se dedicó con la pasión y el entusiasmo que lo caracterizarían siempre, pero sin abandonar del todo sus hábitos del playboy de su juventud, ya que continuó practicando gimnasia y haciendo largas caminatas todas las mañanas, pero ¿qué pasaba con ella...?
En cambio Olga, su mujer, no encontraba consuelo a pesar de la felicidad que sentía por compartir el amor de su compañero. Cerraba los ojos y evocaba su fiesta de casamiento, su luna de miel recorriendo Europa, sus amigas, vestidos, fiestas, sus estudios y sobre todo su familia que no sabía si volvería a ver, y cuando los volvía a abrir le parecía estar viviendo una pesadilla. Había momentos en que creía no poder seguir tolerando esa terrible situación y se tiraba a llorar sobre su cama, hasta que Katia, la joven sirvienta rusa, la sorprendía, sin saber cómo consolarla. Al verla, la joven señora se echaba en sus brazos, buscando refugio para su tristeza y cuando escuchaba a Katia contando sus experiencias en la aldea de la que provenía, dejaba atrás sus penas e intentaba calmarla...
Los años pasaron y Olga comenzó a aceptar su nueva situación, sobre todo con la llegada de los tres hijos y gracias a la enorme ayuda que recibió de sus cuñados, especialmente la de Yarcho, que la entrenó para ser una buena enfermera, de modo tal que mucha gente de la colonia acudía a ella cuando sufrían un accidente o se les infectaba una herida, y en esas ocasiones el amplio comedor se convertía en sala de primeros auxilios, y si después de ello la situación lo ameritaba, los pacientes eran enviados al hospital de Domínguez o al de San Gregorio.
Otra de sus tareas fue la creación de la Sociedad de Beneficencia del pueblo, en la que ocupó el puesto de tesorera. Las asociadas pagaban 10 centavos por mes, y con esa cuota se daba ayuda a las mujeres que perdían a sus maridos, a las familias que por no haber podido pagar la mensualidad del campo corrían el peligro de ser desalojadas, reunir el dinero para la dote de las muchachas sin medios económicos para casarse y hasta organizar el entierro de los colonos que huyendo de la muerte en la lejana aldea, la habían encontrado en el ignoto país que el destino les había señalado.
No sólo se especializó en atender las dolencias de sus congéneres, sino que se dedicó al tratamiento de animales enfermos de carbunclo, peste que se contagiaba a través de las moscas y que terminaba con la vida de los atacados, lo que hizo que muchos campesinos, conociendo su habilidad, llevaran la hacienda para que la curara.
Gracias al impulso del Fondo se organizaron bailes en el salón de la escuela judía, seguido muchas veces por el recitado de poemas en ruso. Se ocupó también de la organización de la biblioteca, en la que no faltaron los grandes autores rusos.
Del mismo modo como lo había hecho Yarcho, su casa se constituyó en el refugio de muchos que habían escapado de Rusia después del fracaso de la Revolución de 1905, que se quedaban a vivir en el hogar de los Sajaroff por largo tiempo.
Por otra parte, la familia seguía siendo un hogar ruso, sin haberse asimilado del todo al nuevo lugar ya que en el mismo no se hablaba ídish sino el ruso, idioma utilizado por sus padres y que había sido siempre el de su niñez y juventud. Sin embargo un nuevo elemento se había incorporado a sus vidas: el mate, que se sorbía con un pedacito de azúcar en la boca, del mismo modo como se hacía con el vaso de té, acompañado por un platito de dulce casero hecho por la dueña de casa.
Otro de los hábitos que Miguel había adoptado era recorrer "La Granjita" acompañado de su infusión favorita, cebada por algún peón que trataba de alcanzarlo, casi siempre sin éxito, por lo cual después de un largo rato desistía de su intento y el mate terminaba en el bolsillo del dueño de casa.
Fue un hombre fundamentalmente bueno y generoso y en lugar de que sus hijos aprendieran los principios del Talmud, no se cansaba de repetir a ellos y a todo aquel que quisiera escucharlo "que a Dios no había que buscarlo en el cielo, sino dentro de sí y que cuando hacía un bien sentía a Dios en su interior" y como él era incapaz de tener actos de maldad, tampoco la creía posible en la naturaleza humana, al punto que si se le comunicaba que habían robado alguna vaca, le aconsejaba al denunciante que se llevara la carne y dejara el cuero, en caso de encontrarse con el animal.
A pesar de no ser un hombre religioso, por formación o convicciones propias, respetaba a los que la profesaban y como dice Efroim Elstein, ex presidente del Fondo Comunal:
"El día sábado iba a la sinagoga, pero no iba a rezar. Cuando los otros terminaban el rezo, él los reunía y les hablaba de la cooperativa. Daba gusto escucharlo. Ya no hay hombres como él en el movimiento cooperativo...".
No dudó en criar a sus hijos como verdaderos argentinos y a pesar de no haber solicitado nunca la Carta de Ciudadanía, mereció formar parte en vida del Archivo General San Martín de la Nación.
El ingeniero agrónomo se había convertido en colono, aunque sostenía que "todo trabajo agrario realizado por el agricultor o el ganadero debía acompañarse para lograr su éxito por una superestructura social que lo haga moderadamente humano".
Sin estar afiliado a ningún partido, su socialismo estaba bastante cerca del anarquismo, ya que reconocía sólo las leyes del ser humano y no las legisladas por el gobierno y la policía.
No acostumbraba a escribir los discursos que dirigía al público que concurría a la cooperativa, pero su ejemplo de vida y sus ideales fueron tan fuertes que bastaron para crear un cuerpo de hombres dispuestos a emprender su misma lucha, y sin embargo a pesar de todos los inconvenientes y de las desilusiones no perdía la esperanza de no morirse sin llegar a ver una sociedad "libre, generosa y honesta".
Sin embargo, nada mejor para entender su personalidad con la transcripción del discurso que pronunció en el primer Congreso de Cooperativas Agrícolas realizado en Entre Ríos en 1913:
"La vida del hombre gira alrededor de dos polos opuestos. Por un lado 'amarás a tu prójimo como a ti mismo' y por el otro la lucha por la existencia según la cual el hombre es el lobo del hombre, un lobo hambriento para sus semejantes como reza el proverbio latino. ¿Cómo es entonces la conducta que debemos seguir en este mundo? ¿Somos verdaderos hermanos y por consiguiente debemos amarnos, o debemos estar a la defensiva y mostrar los dientes? Es indudable que el sufrimiento humano debe tender a extirpar de nosotros el lobo... Debemos trabajar por el bienestar general... Debemos realizar día tras día obras de bien y al mismo tiempo trabajamos también por el bienestar general... En esto consiste el ideal de la cooperación de la sociedad futura a la que a diferencia de la sociedad comercial no le interesa la especulación ni ambiciona obtener una ganancia cada vez mayor".
Toda su actuación fue transparente y hasta era capaz de comentar sus propios fracasos para ser discutidos por la Comisión Directiva de la institución que él presidía.
Cualquier situación desgraciada que vivía el campesinado era compartida por él y una de las anécdotas que se cuentan al respecto es que en una ocasión en que el campo había sido azotado por uno de los peores fenómenos climáticos, el de la sequía, resultado de la falta de lluvias, en la que murieron animales y sus crías, se secaron las siembras y los árboles, mientras que al mismo tiempo los niños no pudieron ser alimentados por la imposibilidad de ordeñar las vacas, don Miguel tomó las riendas del desastre una vez más y acompañado por la gente de la Cooperativa de Bernasconi hizo un recorrido por la campiña y observando los rostros famélicos de los campesinos, sus campos cubiertos de cadáveres de vacas, y a su lado los terneros casi muertos de hambre mugiendo desesperados, no pudo evitar sumirse en la desesperación y ante ese espectáculo reunió una gran asamblea para esa misma tarde, a la que asistieron gran número de adherentes a la Federación Agraria y mientras cada uno de ellos expuso sus problemas, como la falta de artículos de primera necesidad para poder mantener a la familia, la imposibilidad de ejecutar medidas extremas como el traslado de los animales a lugares lejanos de la catástrofe para salvarlos del desastre, se encontraban ante el insalvable inconveniente de no tener dinero para hacer frente a ese gasto. Escuchando a los hombres exponiendo sus desgracias y a las mujeres que los acompañaban prorrumpiendo en llanto, los presentes, conmovidos ante semejante situación, se sintieron impotentes, sin saber cómo ayudarlos. Sin embargo, orientados por ese gran hombre, se unieron una vez más ejerciendo el verdadero sentido de la cooperación y esbozaron proyectos para solicitar créditos al Banco Nacional de Villaguay y a la empresa colonizadora. En medio de ese accionar don Miguel pidió la palabra y comenzó a describir, con lágrimas en los ojos, lo que había visto en su recorrido hasta llegar al lugar de la reunión, solicitando a los allí presentes, que habían tenido la suerte de salvarse de la sequía, que colaboraran con semillas, instrumentos de labranza, alimentos y bolsas de trigo para ayudar a sus compañeros en desgracia. Sus palabras fueron recibidas con total aprobación y se llevó a cabo lo solicitado. En esa misma fecha se aprobó su sugerencia de plantar, a pesar del desastre, árboles y flores, para que la belleza del paisaje hiciera menos dura la lucha diaria y con el tiempo, gracias a su iniciativa, Bernasconi tuvo su plaza.
Se constituyó en gestor de colectas de dinero entre los que tenían mejor situación económica para ayudar a los más pobres, del mismo modo como lo hacía su mujer desde la Sociedad de Beneficencia, y al efectuarla no dio importancia a la suma que cada uno estuviera en condiciones de donar.
Otra de sus preocupaciones fue la educación y llegó a ser el encargado de la Escuela Argentina, cargo sin remuneración, y cada vez que llegaban útiles de enseñanza destinados a la escuela rural, enviaba el carro ruso a la estación de Las Moscas para transportar los grandes cajones con los mismos. Gracias a su impulso inicial, la escolaridad llegó a un gran nivel, como lo manifiesta Beatriz Bosch:
"Bachiller del Uruguay, profesor de Paraná, eran dos pasaportes de eficiencia y dignidad acogido con respecto a lo ancho y a lo largo de la patria".
La Escuela Rural Provincial tuvo sólo tres grados y en 1916 o 1917 fue incluida en el plan Láinez, llegando a tener cuatro grados, cuando la administración del Barón de Hirsch hizo cesión de las mismas al Consejo Nacional de Educación.
Como en todo grupo humano, era bastante frecuente que aparecieran conflictos en la comunidad, y entonces él era el primero en intervenir y apaciguar los ánimos, sosteniendo que las controversias no tenían ninguna importancia, sobre todo las de tipo religioso, ya que lo primordial era mantener la integridad de la colonia. Sin embargo, su gestión no fue sencilla, sobre todo cuando en ocasiones uno de los colonos prestaba dinero a otro y éste no se lo devolvía. Entonces él mismo se hacía cargo de la deuda, esperando que el deudor, sabiendo que él la había cubierto, le devolviera por vergüenza la suma prestada, pero desgraciadamente esto no sucedía casi nunca...
Toda su vida se redujo a luchar contra la injusticia, favoreciendo a los más débiles; y así como no era capaz de denunciar a un campesino que había realizado una estafa, perjudicado a otro o cometido un robo, no soportaba la prepotencia de algunos funcionarios y más de una vez llegó a fuertes entredichos con aquellos que ocupando algún puesto, por mínimo que fuera, se sentían con derecho a creerse superiores a los demás, actitud que le indignaba, justamente a él, que trataba de igual a igual a todo aquel que lo necesitaba con total modestia.
Durante las asambleas, los colonos, olvidándose de su pasado de penurias, miseria y sufrimientos que los hermanaba, provocaban discusiones absurdas culpándose unos a otros de los males que los aquejaban, pero bastaba que él tomara la palabra para que su mensaje fuerte y optimista aquietara los ánimos hasta conseguir que renaciera la tranquilidad deseada.
Uno de sus grandes sueños fue unir las cooperativas de todo el país y el día en que se llevaría a cabo la gran asamblea coincidió con el fallecimiento de su padre. Sacando fuerzas que no tenía, no ordenó la suspensión de la misma y asistió durante cinco días al debate de las ideas en forma personal. Sólo después que finalizó todo, en el viaje de vuelta, pidió que lo dejaran para poder quedarse a solas con su dolor.
No estaba de acuerdo con ningún tipo de discriminación entre los asociados, pero no dejaba de reconocer que los diferentes grupos étnicos tenían en cuenta su origen para agruparse entre ellos, situación que aceptaba con respeto.
En 1912 decidió retirarse de la presidencia del Fondo Comunal ante el estupor de los asociados, convencidos que sin su presencia todo lo organizado se derrumbaría, pero no obstante y a pesar de sus reclamos, no cambió su resolución.
No manifestó nunca su arrepentimiento por lo que había decidido, pero se sintió sólo como alguien que hubiera perdido contacto con algo tan querido para él y no dejó de cuestionarse la resolución de las cosas que habían quedado sin hacer. Sin embargo no abandonó del todo su querida obra, ya que siendo un anciano, sin fuerzas, casi ciego, apoyado en su bastón iba a las asambleas, cumpliendo su función sólo como oyente.
Su trabajo en la organización y conducción de la cooperativa fue muy intenso, tanto que lo obligaba a viajar en forma constante, abandonando sus propios intereses, lo que provocó su derrumbe económico y su enfrentamiento a serias dificultades económicas.
Su bondad y generosidad no tenían límites y al respecto se conocen muchas anécdotas, como la que relata Salvador Efron:
"Recuerdo que un día fui a su casa. Al entrar en el patio (la casa habitación estaba a unos 200 metros de la entrada) vi a unos cuantos hombres cavando pozos. Le pregunté a don Miguel para qué necesitaba tanta gente y me dijo: " En realidad es un trabajo fuera de época, pero pasa tanta gente... buscan trabajo y piden algo para comer porque tienen hambre. La cosecha ha fracasado y no consiguen lugar para ubicarse. Entonces, en vez de darles limosna, que no es decorosa ni para el dador ni para el tomador, les doy algún trabajo, aunque no podré aprovecharlo. Les pago el jornal correspondiente y si las lluvias no tapan los pozos, los usaré para plantar árboles en la primavera que viene".
Al realizarse los congresos del Fondo, los asistentes se agrupaban a la derecha o a la izquierda, según sus convicciones políticas. En el centro se ubicaban los "neutrales", entre los que se encontraba Sajaroff, que no obstante respetaba las opiniones de los otros dos grupos.
Si bien se inclinaba por el socialismo, como muchos otros colonos de su época, no le interesaban los políticos, a pesar de ser visitado a lo largo de la vida por muchos candidatos que llegarían a ser sus grandes amigos, que le solicitaban ayuda por la gran influencia que tenía en la zona. No obstante y a pesar de sus requerimientos, no aceptó nunca ese pedido. Una amistad que cultivó siempre fue la de Nicolás Repetto, diputado socialista, casado con Fenia Chertkoff, perteneciente a una familia residente en Villa Clara, al que visitaba cuando iba a la Capital, en su casa de Vicente López.
Su intensa actividad societaria, junto a la Primera Guerra y las crisis mundiales, fueron los factores predominantes que deterioraron su empresa agrícola, de modo tal que tuvo que abandonar su casa y aceptar vivir con su hermano hasta que el Fondo Comunal le cedió una vivienda junto a un campo de 20 hectáreas, con una casa en bastante mal estado y otra más pequeña en la que podía albergar a un peón y su familia. Poco a poco, gracias a la ayuda de sus hijos, la casa se hizo habitable y llegó a tener una pequeña huerta y gallinero, de los que se abastecían para las necesidades diarias. Toda su familia lo ayudaba económicamente y lo mismo hizo el Fondo Comunal y no pasó mucho tiempo después del derrumbamiento de sus finanzas, que gracias al apoyo que le dieron los demás pudo recuperarse de sus apremios esenciales, aunque fuera en parte. La institución le enviaba un coche con chofer y no dejó de ser visitado por sus amigos, los cooperativistas, y por todos aquellos que necesitaban de su consejo y que le ofrecían su ayuda pecuniaria para sus necesidades elementales.
Su esposa había fallecido en 1937 y sintiendo tal vez que "La Granjita" no era un hogar sin su presencia, se mudó con su hija a la casa que le había ofrecido la Fraternidad Agraria, por lo cual solicitó a esa institución que él había creado, que su hija Vera, que había vivido siempre con sus padres, pudiera seguir habitando en la misma después de su fallecimiento ya que tenía como única entrada económica su modesto sueldo de maestra.
En sus últimos años dejó de asistir a congresos de cooperativas agrícolas, pero casi obligado estar presente en uno de ellos en 1937, no dudó en manifestar palabras que quedaron grabadas en la historia del cooperativismo, al decir: "La peor plaga en el movimiento cooperativo no la constituyen los socios, sino los dirigentes, que es un elemento más difícil de digerir" y no dejó de expresar sus dudas sobre la verdadera función que debían haber cumplido las cooperativas diciendo que "violan cruelmente los principios de la cooperación y se han reducido a una compra y venta de los productos traídos por los granjeros, operación en que se ha omitido el principio cooperativo".
Hablando de su padre, su hija Vera lo define como sigue: "Era un hombre muy culto, que hablaba varios idiomas y gustaba mucho de la lectura. Su biblioteca, muy completa, fue donada en vida a diversas instituciones, entre ellas la Biblioteca Popular Domingo Faustino Sarmiento de Domínguez".
Hasta el final de su vida mantuvo su inquebrantable fe en la acción del cooperativismo, que él entendía como indispensable para el mejoramiento del bienestar de los hombres y comprendía que esa convicción debían hacer en los chicos de la primera edad, por lo cual fundó una cooperativa para niños que denominó "La Colmena".
Dijo Isaac Kaplan: "Sajaroff pretendió muy poco de la vida. Acompañado por su esposa, vivía muy modestamente, no obstante haberse criado en un ambiente de holgura, de padres económicamente afortunados. Su modestia no era forzada, sino natural y sincera. La elevó por encima de toda clase de vanidades, ostentaciones y costumbres".
Benjamín Bendersky, representante de la segunda generación de colonos y estrecho colaborador de Sajaroff en la cooperativa, dijo recordándolo: "... se acercaba a todo el mundo. De elocuencia notable, nunca escribió, sus enseñanzas han quedado en el recuerdo y en los corazones de quienes tuvimos la fortuna de conocerlo. Su influencia aún nos guía y en momentos difíciles de resolver siempre nos preguntamos: ¿qué haría don Miguel en este caso?. Y siempre después de pensarlo, de su evocación, surge la solución".
Siendo ya muy mayor recibió un telegrama de la Dirección de Cooperativas del Ministerio de Agricultura de Entre Ríos, en el que se lo nombraba inspector de las cooperativas de la provincia por el término de seis meses, puesto que sería remunerado, y se le solicitaba al mismo tiempo que él fijara la suma para ese fin. El telegrama lo dejó preocupado por algunos días hasta que llegó a preguntarse cómo iba él a cobrar dinero, si no lo había hecho nunca, por lo cual se negó al nombramiento propuesto, a pesar de que en esos momentos pasaba por una difícil situación económica.
Sus compañeros de la primera hora ya no estaban y cuando le llega el final, a los 85 años, lo hace rodeado del afecto y respeto de los descendientes de aquellos con los que compartió tantos momentos difíciles, y es velado durante dos días por los representantes de diferentes instituciones cooperativas. Al pasar el cortejo por las calles del pueblo, los comercios cerraron sus puertas en señal de respeto y dolor.
Murió en el momento oportuno, no estuvo presente cuando el campo dejó de interesar a los más jóvenes, que buscaron nuevos horizontes en la ciudad para dedicarse a distintas profesiones o tareas comerciales. Muchos mayores los siguieron, debiendo sufrir el dolor que significaba abandonar el nuevo shtetl (aldea) y de que ubicarse en otros lugares de pertenencia, situación bastante dificultosa para gente no demasiado joven.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE
Extractado del libro "Los otros gauchos judíos", de la escritora Myriam Escliar.

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El ingeniero Sajaroff (primera parte)

El ingeniero Miguel SajaroffMiguel Sajaroff nació en Mariupol, Crimea (Rusia) el 2 de octubre de 1873. Se casó con Olga Kipen en 1899, con quien el 22 de marzo del mismo año llegó a las orillas del Plata. Se instalan y más tarde compran 500 hectáreas cerca de Las Moscas, y su padre compró la hacienda ya que era un hombre de una familia muy rica.

¿Quién hubiera podido suponer que el joven estudiante, corriendo por las calles de la ciudad alemana donde cursaba su carrera de ingeniero agrónomo, pasaría sus últimos años en un oscuro pueblito de la provincia de Entre Ríos, de un país más ignoto todavía, de nombre desconocido como Argentina? Seguramente que nadie, incluyéndose a sí mismo.
Nacido en una familia acomodada, con todos los privilegios de vivir sin sobresaltos económicos, aceptado por sus condiscípulos, que le perdonaban su origen judío porque lo sentían un igual a ellos por su educación y modo de vida, que lo habían convertido en un completo asimilado a la cultura europea, que hasta practicaba esgrima con sus compañeros alemanes, y le permitieron obtener su título universitario en Berlín, ya que en Rusia a los judíos les estaba completamente prohibido cursar estudios universitarios.
¿Qué lo impulsó a viajar? La inseguridad provocada por el rumor llegado a sus oídos acerca del posible ataque de los esbirros del zar, organizados en un pogrom (que eran los ataques de cosacos contra la comunidad judía, organizados por el Zar), hecho muy extraño, ya que en términos generales esos ataques se producían sólo en las aldeas. Ante ello y frente el inminente peligro en que podría encontrarse su familia, decidió escuchar los consejos de su hermana y cuñado, el doctor Noé Yarcho, que ya habían iniciado el éxodo. Lo convenció a plegarse así a la larga caravana de los que habían partido hacia la Argentina, formando parte del proyecto colonizador del Barón de Hirsch.
Cuando llegaron, fueron a vivir durante el primer año en la casa del doctor Yarcho, hasta que la J.C.A. le arrendó un lote de tierra en Colonia Leven, que gracias a su preparación como ingeniero agrónomo convirtió en poco tiempo en un modelo a seguir por los otros colonos.
Si a él la vida lo había premiado, inclusive al contraer enlace con una muchacha de su misma clase, Olga Kipen, y recibir solo halagos en su fiesta de boda, que duró dos días, y al finalizar su luna de miel viajando por Europa en un vagón cargado de flores, regalo de los invitados, decidieron dejar todo ese bienestar para dirigirse al destino, del que ignoraban todo, tratando de escapar de la inestabilidad y peligro que significaba permanecer en su país natal.
Cuando llegó a esta tierra, llevando el diploma bajo el brazo, no tenía demasiado claro cuáles serían los pasos a seguir, pero de lo que estaba seguro era que su título no sería utilizado para enredarse en papelería burocrática sino que se convertiría en un colono que labraría la tierra extrayendo de ella los mejores resultados, viejo anhelo de sus antepasados, que nunca habían podido llevar a cabo. La necesidad de ayudar a los demás vino después, viendo las condiciones en que se desarrollaban las vidas de esos pobres seres que había llegado antes que él huyendo de la destrucción, la miseria y la muerte.
¿Cómo se habían sentido él y su joven esposa, abandonando el ambiente europeo al llegar a ese desierto en el que todo parecía rechazarlos? Tal vez habrán buscado fuerzas en esa nueva "religión" creada por el conde Tolstoy, al igual que sus parientes y muchos jóvenes de su época, creencia que predicaba el abandono de la riqueza y la total entrega al sacrificio por los demás.
Al llegar, su vocación de servicio habrá sido mucho más fuerte que el ambiente rico y confortable de su entorno europeo que dejaron y entregarse, sin la menor intención de lucrar con el fin de obtener algún beneficio personal, luchando en cambio para que el campesinado saliera de las condiciones miserables en que vivían, intentando que comprendieran que la única salida era unirse entre sí. Gracias a sus ideales no pasó mucho tiempo sin convertirse en el más apasionado defensor de lo que fue su gran creación, la Cooperativa.

El antiguo edificio del Fondo Comunal en Las Moscas
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Desde el principio fue un dirigente distinto ya que a lo largo de su presidencia en dicha institución no intentó convertirse en maestro o tutor, sino que asumió el papel de consejero por sentirse igual a todos, sin derecho a dar órdenes. Todo lo hizo con total modestia, teniendo siempre el precepto bíblico de "amar al prójimo como a ti mismo", aunque según las palabras de su amigo y colaborador Isaac Kaplan cometió el error de olvidarse de sí mismo.
Durante su gestión la Cooperativa vio disminuir el número de afiliados cada vez que se producía una mala época provocada por las malas cosechas, granizo y otras calamidades. Una de las soluciones fue cambiar trigo por harina, por lo cual en la mesa de los colonos no faltó nunca el pan, logrando gracias a su instancia personal que se firmará un convenio por el cual los campesinos se comprometían a depositar el producto de sus cosechas en un galpón de la sociedad en el que se vendería en común el producto de las mismas.
La iniciativa tuvo que vencer los intereses de los comerciantes inescrupulosos, que veían en ese proyecto una disminución de sus ganancias y como primera medida intentaron que Sajaroff no encontrara al llegar ningún galpón disponible en la Estación "Las Moscas", pero a pesar de los escollos que pusieron para entorpecer sus planes, fracasaron en su intento ya que se dirigió a Gualeguaychú donde encontró a los pocos días uno para armar, después de lo cual comenzaron a llegar de todas las colonias vecinas carros cargados de trigo y lino, y una vez llenado el galpón, se cargaron nuevamente los vagones, volviéndose a ocupar los graneros y seguir haciendo lo mismo.
Sajaroff visitada el lugar diariamente y ese año, 1908, se entregaron 2400 toneladas de cereales, con gran beneficio para los colonos que los habían cosechado y ese primer intento tuvo tanto éxito que se abrieron pronto graneros en Las Moscas, Domínguez y Clara.
Otras de las medidas adoptadas por el Fondo Comunal durante su presidencia fue inaugurar cursos nocturnos para adultos y jóvenes y cuando la J. C. A. cerró la escuela de la colonia Barón de Hirsch aduciendo que a la misma concurrían sólo 38 alumnos, al no estar de acuerdo con esa medida, Sajaroff decidió crear nuevos cursos que permitieron a los recién llegados aprender el nuevo idioma.
Durante el período 1908-1909, el Fondo adquirió alambres que fueron utilizados para limitar las chacras, compró arados, atadoras y otras máquinas, se repartieron semillas, bolsas e hilos a sus asociados, se repararon los caminos, se fundaron bibliotecas, tarea que estuvo a cargo de la juventud; se adquirió una imprenta propia, se publicó "El Colono Israelita", participó en el Congreso de Mutualidades en San Pablo, Brasil; se habilitó un almacén de consumo que reemplazó al de la Jewish que cobraba lo que vendía a precios leoninos.
La gran desgracia que significó para él el deceso del que fue su entrañable amigo y hermano Noé Yarcho lo dejó solo frente al Fondo Comunal, y la institución decidió hacerse cargo del sepelio de uno de sus creadores, pero ese triste acontecimiento no lo detiene y en cambio obra como un impulso y en 1913 se procede a separar el Hospital y la Biblioteca de la Cooperativa para establecer la diferencia entre cooperativismo y mutualismo, ya que las mismas debían ser desarrolladas en forma distinta.
Se hizo un llamamiento en ídish en "El Colono Israelita" proveniente del Fondo Comunal respecto al canje de trigo por harina, el cual se podía leer "PAN PARA COMER", además de las siguientes palabras:
"Es sencillamente increíble que quienes producen pan para todo el mundo no tengan ellos para comer. Pero es en verdad deplorable que inmediatamente después de las cosechas, muchos colonos deben pedir prestada una bolsa de harina; esto ya se ha hecho crónico en todas las colonias...".
Agregando:
"Señores Asociados: Eso depende de ustedes. Por lo mismo confiamos en que entenderán y la concretarán en la práctica". Para terminar diciendo: "Si no lo hago por mi ¿quién lo hará? Si no me ocupo yo mismo, ¿quién se ocupara de ello?".
Los campesinos, prestando atención a lo solicitado, al entregar la bolsa de harina recibían en cambio un vale que acreditaba su envío a la Cooperativa.
Isaac Kaplan, gerente de la Cooperativa, refiriéndose a la situación económica de la misma, en 1912 dice en la misma publicación: "... Antes que nada, seguramente querrá usted saber que tal anda o no anda el Fondo Comunal. Sí, amigo mío, no anda, se bambolea y se invierte toda la energía para que bamboleándose no pierda el equilibrio. Es bastante difícil evitarlo, puesto que hay varios señores generosos que tratan de empujarla para que caiga lo más pronto posible. Sin embargo creo que superaremos todas las dificultades".
Poco después de publicado este informe, la situación pudo superarse gracias a la esforzada labor de todos sus miembros, en especial del citado Kaplan, amigo y colaborador de Sajaroff.
Su casa estuvo siempre abierta para todos aquellos que necesitaran de ayuda y no se negó nunca a la solicitud de algún colono que solicitara su firma para un crédito del Banco Provincial de Villaguay o le pidiera salir de garantía para algún préstamo personal, deuda de la que muchas veces debía hacerse cargo poco tiempo después. La misma situación ocurría cuando el dinero salía de su propio bolsillo. Ninguna de estas experiencias me resultaban aleccionadoras, a pesar de los consejos de su amigo Kaplan, que siendo más práctico y realista le advertía que no persistiera en esa actitud, pero era inútil; la misma se repetía una y otra vez.
Entre los años 1909-1910 se perdió buena parte de la cosecha motivados por la langosta y la sequía, así como bajó la producción láctea; una desgracia similar ocurrió entre los años 1912 y 1913, por lo cual el Fondo se hizo cargo del levantamiento de la misma, que se perdió totalmente por el exceso de lluvias.
Perdió todo menos la fe en los otros y hasta en sus últimos años tuvo que abandonar su establecimiento y su casa denominada "La Granjita", ubicada en la colonia Leven; pudiendo subsistir gracias a la ayuda del Fondo Comunal.
No creía en la maldad humana, y cuando se le informaba de algún robo sus palabras eran sólo de perdón y sus amigos, sin comprender su actitud, intentaban que se erigiera en acusador de algún ladrón; se sorprendían al escucharle decir "es una falla, pero es un buen hombre", y al instarle a que diera parte a la policía, afirmaba "yo no conozco el reglamento de la policía, pero me interesa mucho más la ley humana".
Con el tiempo, los colonos fueron prosperando, sobre todo cuando se les adjudicó mayor cantidad de hectáreas, con lo que pudieron adquirir mejores equipos de labranza y ganado, pero la mayoría no pudo superar las condiciones de pobreza con las que se habían encontrado a su llegada, debido a la falta de recursos y a los inconvenientes climáticos así como también los imponderables que aparecían con el entorno, en el que no faltaban aquellos que se aprovechaban de su miseria e ignorancia, como cuando les otorgaban créditos a los campesinos con los que se los ahorcaba, y al no poder pagar la deuda contraída a término, ésa con la que habían intentado alimentar a las familias, perdían sus campos y sus bienes, y sin tener otra salida iniciaban un nuevo éxodo y se dirigían a la ciudad, donde las condiciones de vida no eran mucho más favorables, sobre todo al principio...

El Fondo Comunal en Las Moscas
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La creación del Fondo Comunal no fue casual; era la respuesta para encontrar la solución de los inmigrantes que al transplantarse desde su lejana aldea a ese nuevo país del que desconocían el idioma y costumbres, debieron enfrentar un nuevo comienzo, tarea nada sencilla sobre todo para aquellos no demasiado jóvenes. Yarcho y Sajaroff lo entendieron así y al cabo de algunos años, don Miguel y su cuñado a medida que se fueron interiorizando de todos esos problemas, comenzaron a soñar con crear un centro que ayudara a solucionarlos y al mismo tiempo que fuera un lugar en que se desarrollara una actividad social, dotado de una buena biblioteca que los distrajera de las penurias que debían enfrentar, despertara sus inquietudes culturales y comenzara a germinar la idea del cooperativismo, que tendría como objeto la unión de los campesinos, ya que ayudando a los demás se ayudarían a sí mismos.
Como primer comienzo se organizó un seguro que cubrió los daños producidos en las parvas por los incendios y otros riesgos, llegando a constituir un fondo de dinero que pasó luego al Fondo Comunal, teniendo su antecedente más directo en el Farain, organizado en Lucienville, que tomó a su cargo la defensa de los intereses económicos de la gente de la colonia.
El Fondo Comunal comenzó en 1904 en Colonia Clara. Los asociados debían abonar tres pesos mensuales, por lo cual casi de inmediato obtenían beneficios prácticos, ya que como primera medida pudieron obtener un préstamo de dinero que constituyó un importante espaldarazo para el desarrollo de su trabajo.
En 1908, cuando Sajaroff se hizo cargo de la presidencia de la entidad, los colonos recién se apercibieron que habían encontrado su lugar de pertenencia, el de la unión entre ellos, sobre todo cuando el Fondo se hizo cargo de la venta de cereales y se llegó a pagar 60 centavos más por cada fanega de trigo en relación con otras casas cerealistas. Esa creación constituyó su mayor preocupación a lo largo de la vida y al iniciarla como vocal directivo no imaginó que llegaría a ser el alma de la institución pocos años después.
La organización bajo su dirección organizó bibliotecas, el servicio sanitario, mejoró los caminos, construyó puentes, proveyó de semillas a los que perdían sus cosechas, se ocupó del perfeccionamiento de la raza vacuna lechera adquiriendo un plantel de vacas holandesas, introdujo mejoras en las semillas de trigo, lino y maíz, todo lo cual contribuyó a que al presentarse en las exposiciones agrícolas las colonias fueron premiadas con medallas y diplomas.
En 1909, a un año de su llegada a la presidencia, se organizaron giras por distintas colonias israelitas con el fin de que se adhirieran al Comité Central y de ese modo, éste estuviera en condiciones de defender los intereses comunes.
Tomó como ejemplo la constitución de la cooperativa creada por un grupo de obreros textiles de Rochdale (Inglaterra) cuyos principios adaptó a las necesidades locales y dedicó toda su vida a dejar bien en claro que las puertas de la cooperativa deberían estar siempre abiertas para aquellos que compartieran los mismos ideales sociales, sin que se debieran tener en cuenta las diferencias religiosas o políticas. No se contentó sólo con ese logro sino que a los pocos años fundó la Fraternidad Agraria, constituida por las cooperativas de las colonias agrícolas israelitas de distintas provincias.
Pronto la situación se hizo difícil de solucionar, debido a los continuos conflictos que surgían entre sus asociados, por lo cual se constituyó una Comisión de Arbitraje, presidida por él, que se reunía una vez por semana y en la cual se recibían las presentaciones y se emitían los fallos, como por ejemplo en algunas situaciones, cuando un colono prestaba dinero a otro sin mediar un documento que atestiguara el préstamo y al paso del tiempo, si el deudor no pagaba la suma adeudada se hacía intervenir a la Comisión.
Los que lo escucharon al frente de la cooperativa fueron sus principales admiradores y a pesar de que en muchos casos no era el ejecutor de lo que proponía, fue su principal inspirador. El lenguaje de sus discursos era simple y accesible, hablando a los otros como sus iguales, sin tiranía ni falsas posturas de sabelotodo.
Su tarea no le resultó sencilla: en muchos casos la vanidad, la competitividad, la urgencia de ocupar los primeros planos, fueron escollos con los que tuvo que luchar con la fuerza de su modestia y hombría de bien. Fue el primero en acercarse a los demás, sin darle importancia al hecho de provenir de una familia acaudalada y en muchos casos con una educación distinta, pero su gran logro fue aceptar el cambio de su modo de vida, totalmente distinta a la que había vivido siempre, haciéndolo con gran espíritu de entrega y sacrificio.
Gracias a su cultura europea hablaba inglés, francés, ruso y alemán, ignorando el ídish y el castellano, idiomas que recién aprendió en su trato con los que habían llegado antes que él y su jerigonza terminaba siendo una mezcla de términos de los idiomas que dominaba.
A pesar de su modestia, la pareja tenía muy poco que ver con los que habían llegado en el éxodo proveniente de las aldeas arrasadas por el odio y el antisemitismo. Su entorno había sido el de la ciudad, llegando a ser excelentes músicos y gozando de los privilegios de la asimilación, sin tener que sufrir, por lo menos en apariencia, el rechazo por su condición de judíos en los ambientes que alternaban.

FIN DE LA PRIMERA PARTE
Extractado del libro "Los otros gauchos judíos", de la escritora Myriam Escliar.

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Elecciones

Los invitamos a disfrutar de otro cuento "mosquero" enviado por Gustavo Baccón, con una temática referida al acto eleccionario del día de hoy.
EleccionesComo a las seis ya estaba levantado.
No es que no madrugara seguido, pero últimamente entre el hacha de día y el gurisito de noche lo tenían cansado y mal dormido, así que en estos tiempos le costaba bajar los pies de la cama…
De todas formas se puso en movimiento a la hora de todos los días.
-Es domingo, Beto- le dice la Mary entre sueños -quedate un rato más…
Él se sigue vistiendo, despación como para un baile… pero de mañana.
-Voy a atar el sulky- susurró con voz cansina de fumador añejo- tengo los caballos en el corral desde anoche.
-¡Lástima que llueve!- dijo la Mary desde las sábanas- hace frío y al Jorgito le va a hacer mal. Yo quería ir en la Estanciera…
-Hay barro- dice el dueño de casa, sabiendo que la tierra era un pegote, como una masa plástica y porfiada que no dejaría rodar ni cien metros al viejo vehículo.
Aunque en lo más íntimo de sus tripas agradeció a la lluvia, pues la plata escaseaba hace bastante y la nafta era un recuerdo en el tanque de la gastadora utilitaria. Pero él escondía esa realidad. Total, para qué preocupar a la doña si no tenía mucho más por hacer que darle al hacha y la motosierra, sólo para esperar que venga ese camión que se llevaba miles de kilos de árboles muertos a cambio de unos pocos pesos.
No dijo nada más y enfiló al galpón de los arreos, sacó bozales para dos pingos ya que el sulky se pone pesado en estos días y caminó como un zombi en dirección al corral.
Y así, como de pasada, ve un reflejo de otros tiempos, un resumen de lo que le pasó en la vida de pequeño productor que no llegó a modernizarse nunca, un "Pampa"… ese viejo proyecto que Perón le copió a los alemanes para que en otros tiempos los productores "chicos" tuvieran acceso a la maquinaria agrícola en forma de tractor.
Claro que de a poco se quedó sin cubiertas; las hectáreas las gastaron junto a sus propias esperanzas, y hoy es sostenido por troncos para que no se entierre en el suelo del galpón sin piso…
-Lo voy a vender- pensó -¡Como para volver a sembrar estoy!
Agarra los caballos con toda la resignación del mundo. Pensaba que ese día se olvidaría un poco de algunas cosas; que después de dos horas en el sulky llegaría a Moscas; que votaría en las elecciones, como hace dos años…
El partido ya está decidido: el mismo de hace dos años, si total la cosa no cambió nada nunca, vote a quien vote. En el pueblo lo esperaría el asado, pagado como hace dos años por la persona que lo paga siempre el día de las elecciones.
Por lo menos se juntaría con viejos amigos y conversaría, mientras la Mary haría lo mismo con las otras mujeres…
Después, con el hijo, la mujer y el sulky, por el camino de vuelta, tras dos horas de barriales y sudor de caballos; a la noche bajo la luz de un farol a kerosén que tiene mas de cincuenta años, escuchará en la radio, que compró a sus catorce con un ternero que su papá le regaló para que lo críe guacho, unos chamamés mezclados con los resultados de las elecciones… tal cual hace dos años…
Y esa noche, quién sabe, tal vez la Mary le diga:
-Y si vendés el tractor, aunque sea para echarle nafta a la Estanciera… Total, ya no vamos a sembrar más…
Como hace dos años…

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