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Días de clase en las colonias judías

En su edición de hoy, domingo 30 de Mayo, "El Diario" de Paraná publica en su suplemento dominical un artículo escrito por Jorge Riani y titulado "Las escuelas idisch que edificaron la Argentina en el medio de la nada", sobre los colegios judíos, ya que entre 1908 y 1912 se abrieron 43 establecimientos educativos para colonos.

DÍAS DE CLASE EN LA COLONIA. Salomón Magrán nació en Colonia Curbelo, en 1918, y vivió su infancia en Las Moscas. Así narró sus días de escuela en la colonia:
La juventud en el campo era muy activa y no sólo en los trabajos agrícolas, ganaderos y avícolas. También culturalmente se cultivaban.
En todos los lugares había escuelas, las dos escuelas: idisch y castellana. Había una biblioteca y las salidas eran los sábados a la tarde, que no trabajábamos. Nos juntábamos en la biblioteca. Para ir a la escuela tenía que recorrer tres kilómetros a caballo. En mi familia había músicos y mi papá creyó que yo podía ser uno de ellos. Me compró un violín. Yo salía de mañana, de un lado llevaba una bolsita de comida; la clásica bolsita de comida, la clásica botellita de leche, la cartera con los útiles de escuela castellana, el violín. Esta escuela estaba en el límite que dividía Las Moscas de colonia Rosh Piná. Salía a las siete de la mañana de mi casa y hasta las doce estaba en la escuela castellana y después iba hasta las cinco de la tarde a la escuela idisch. Teníamos una hora para comer. Llevábamos carne, arenques, borsch, jalá.

LOGROS. Los establecimientos para hijos de colonos judíos contribuyeron a la formación de la nacionalidad argentina y la integración del inmigrante al nuevo medio. En las escuelas judías se hacía especial hincapié en la educación del idioma castellano. Pero por la tarde las clases se dictaban en idisch, para asegurar la asimilación de los conocimientos.
El extraordinario proyecto normalista que iluminó a buena parte del continente desde Paraná hallaba, en ocasiones, dificultades por la falta de infraestructura estatal. Fue entonces cuando las escuelas de la Jewish Colonization Association cumplieron un rol fundamental. Llevaron educación a las alejadas y precarias colonias y contribuyeron a hacer posible la integración de los inmigrantes.
La argentinidad era ya una construcción con fuertes valores inspirados desde el Estado. Italianos, catalanes, suizos, rusos-alemanes se fueron haciendo argentinos al tiempo que la tierra hostil se convertía en vergel productivo y rico.
Y ese proceso se vivió también con los judíos rusos que, en su caso, aportaron además un modo de socialización que llevaba producción, solidaridad y ciudadanía donde antes sólo había pasto rebelde.
En efecto, esas colonias judías entrerrianas germinaron las experiencias asociativistas que luego habrían de florecer en todo el país: el cooperativismo agrario, con sustento en la solidaridad y la responsabilidad social. De allí también salieron intelectuales notables que se destacaron en las letras, el periodismo, el teatro. Obreros y profesionales que forjaron la provincia donde la maleza, hasta entonces, no dejaba lugar a nada.
Pero no fueron pocos los inconvenientes para adaptarse a un medio caracterizado por costumbres e idioma tan diferentes al de sus orígenes. Cada comunidad tuvo sus obstáculos particulares, a los que se sumaron las ya difíciles circunstancias que implica la inmigración.
En el caso de los inmigrantes judíos la situación no fue de las más fáciles. La brutal persecución a la que fueron sometidos en la Rusia zarista los habitantes de origen hebreo determinó la urgencia por el arribo a estas tierras.

MEDIOS. La Jewish Colonization Association (JCA) fue una entidad filantrópica creada el 24 de agosto de 1891 por el barón Mauricio de Hirsch. El objetivo de su accionar era contribuir a que los países dispuestos a recibir a los judíos perseguidos en Rusia, puedan hacerlo en las mejores condiciones.
"Facilitar la emigración de los israelitas de los países de Europa y Asia donde ellos son deprimidos por leyes restrictivas especiales y donde están privados de los derechos políticos, hacia otras regiones del mundo donde pueden gozar de éstos y los demás derechos inherentes al hombre". Así declamaba sus objetivos la JCA. Fue una empresa difícil, pese a la voluntad decidida. "La transferencia organizada implicaba enormes inconvenientes que no fueron oportunamente calculados, como el apuro por emigrar a estas tierras, la falta de dinero de los inmigrantes, la escasez de sus conocimientos agrícolas, entre otros", expresó la periodista Mónica Salomón, en un artículo publicado en la revista "Todo es Historia".
Los datos certifican esa realidad. Sólo 3.444 personas se pudieron recibir en la Argentina, a pesar de los esfuerzos de la JCA entre los años 1891 y 1894. Un año más tarde, la totalidad de colonos que ingresaron a Entre Ríos con el apoyo de la Jewish Colonization era de 1.834 para trabajar 231.334 hectáreas.
Uno de los principales escollos era la falta de infraestructura. Estaba sí extendido el ferrocarril, por impulso, entre otros, aunque especialmente, de la gestión del gobernador Eduardo Racedo. Pero faltaban escuelas y sobraban dificultades.
La situación obligó a la JCA a incorporar un artículo al estatuto de funcionamiento y objetivos. "Para cada grupo de cien familias crear una escuela, una cooperativa, un servicio sanitario, un templo, un centro cultural y disponer de un asesor administrativo, técnico y agronómico", inscribió entre los planes a desarrollar.
La legislación y el amparo constitucional en materia educativa constituían una fortaleza, aunque no más que teórica en aquellos lugares donde el Estado todavía no llegaba.

TESTIMONIOS. "La JCA se vio obligada a tomar cartas en el tema e instalar escuelas comunes para los hijos de los colonos, además de establecimientos que enseñaran idisch, hebreo, tradiciones y costumbres judaicas", escribió en su investigación Mónica Salomón.
En entrevistas y voces del Archivo de la Palabra del Centro "Marc Turkow" se atesoran vivencias de quienes pasaron por las aulas de esas solitarias escuelas. "La Jewish hizo las escuelas porque no había. Había una en cada colonia. Éramos cuatro colonos, hizo aquí la escuela y los que vivían más lejos, a tres kilómetros venían a caballo o a pie", testimonió un colono de Lucienville.
Hacia 1908 había en las colonias de la Jewish 3.400 niños en edad de asistir a clases que encontraban su educación escolar en tres establecimientos públicos y veintitrés privados. La demanda que se canalizaba por las escuelas privadas queda evidenciada en un dato certero: a los establecimientos provinciales acudían 180 alumnos, mientras que a los de la JCA, 1.450 niños. Pero había 1.770 que quedan, ese año, marginados de la escolarización.
La red de escuelas judías se distribuía del siguiente modo: doce en Villaguay, ocho en Uruguay, dos en Colón y una en Gualeguaychú. En total, con el correr de los años se crearon 43 escuelas laicas sostenidas por la JCA y por un aporte anual de 30 pesos por cada colono, según reveló Salomón recopilando datos de la prensa regional.

CONTENIDOS. El idioma constituyó un serio obstáculo para el proceso educativo en una comunidad que hablaba en ruso o idisch. Idioma Nacional fue, entonces, una de las materias pilares que incluyeron los planes de estudios.
En un mismo edificio se impartían, a doble turno, clases en castellano y en idisch. "A medida que los colonos fueron contratando peones, los hijos criollos concurrían a los mismos establecimientos. Y si lo común hubiera sido que lo hicieran en un solo turno, los niños se quedaban toda la jornada y aprendían también el idisch. Por este motivo, aún hoy, en los pueblos cercanos a lo que fueron las colonias, es posible encontrar personas no judías que hablaban idisch", escribió Todo es Historia.
En la enorme tarea de sembrar escuelas, nada menos que en la provincia que fue cuna del normalismo, pero que chocaba con la realidad de arcas estatales perimidas, la JCA propició el arribo de docentes y para eso se dirigió a la Alianza Israelita Universal de París. El plan contemplaba convocar a docentes egresados de la Escuela Normal de París, que sean de origen sefaradí de modo que pudieran comprender el castellano. En verdad, los sefaradíes hablaban ladino –el mismo que se habla también en Grecia– que es muy similar al español. De ese modo se superó un serio obstáculo y se garantizó la extensión educativa entre las colonias judías de Entre Ríos.

SIGNIFICACIÓN. Las escuelas de la JCA pasaron a integrar la red de establecimientos oficiales, cedidas al Consejo Nacional de Educación, en 1920.
"Cumplieron una importante función. Podemos pensar entonces que estas escuelas complementarias, donde se impartía, por un lado, formación laica elemental y, por el otro, educación judaica, buscaban concretar dos de los componentes de la nueva identidad en gestación: la preservación de la continuidad judía tradicional y el sentimiento de arraigo al nuevo territorio", evaluaron María Elena Avellaneda y Carina Alejandra Cassanello, dos investigadoras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires. "Las escuelas desempeñaron un rol importantísimo en el proceso de integración de las comunidades judías que arribaron a la Argentina, a la sociedad receptora nacional. Dentro del sistema educativo nacional, las escuelas oficiales, en general, y las judías, en particular, desarrollaron un papel socializador central que fue el cimiento del proceso de integración de los colonos al país". A esa conclusión arriban los docentes mencionados en su trabajo titulado "Las escuelas judías en las escuelas agrícolas. El nuevo sujeto educativo inmigrante".
En la provincia que iluminó a buena parte de la América con su experiencia normalista, los colonos judíos aportaron una experiencia propia que permitió llegar con la educación allí donde antes habitaba solo una intención. Eso, exactamente eso, fue hacer la Argentina.

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El sueño de la Tierra Prometida

Guido Maisuls es un ciudadano israelí, nacido y educado en la Argentina, que publica un blog llamado "Cartas desde Israel" en su lengua madre, el español, desde la ciudad de Kiriat Bialik, en el norte de Israel. Su abuela paterna, Sara Tevelez de Maisuls, nació en la zona rural de Las Moscas pero luego de su casamiento con José Maisuls se instalaron en la colonia Walter Moss, hoy departamento San Salvador. Esa es la pareja a que se refiere, precisamente, el artículo "El sueño de la Tierra Prometida" que hoy queremos compartir:

Hoy reflexiono nuevamente sobre los gauchos judíos, pero esta vez me refiero a esos míticos colonos judíos de los campos argentinos y lo hago desde la experiencia real y concreta de una pareja, de un Adán y de una Eva originales y peculiares que buscaron en esas verdes llanuras, el sueño de un nuevo hogar, del lugar donde era posible comenzar una vida nueva, de una visión realizadora en su nueva tierra prometida.
Transcurría la década del 1910 en esas vírgenes y bravías tierras de la verde Entre Ríos, en esa joven República Argentina. Nacía la colonia judía de Walter Moss, a quince kilómetros al noroeste del pueblo de General Campos. Creada por la Jewish Colonization Asociation en la misma época que se fundó la colonia Curbelo. Ambas abarcaban 12.826 hectáreas, trabajadas por inmigrantes judíos provenientes del Imperio Ruso. Para fines de la década de 1930 la población era de 86 colonos dedicados a la agricultura y con lotes cada uno de entre 150 y 240 hectáreas.
Una pareja de recién casados formaban su nuevo hogar: José de 20 años, nacido en la ciudad de Minsk, hoy Bielorrusia, y llegado al país a los diez años y Sara de 18 años nacida en la colonia judía de Las Moscas en la misma Entre Ríos.
Comenzaron a construir su vivienda con los materiales entregados por la J.C.A. Recibieron de la empresa chapas de zinc, tirantes de madera, clavos y tablones. Era necesario perforar un pozo para el agua y levantar el galpón y los corrales para los animales. Era una tarea dura para esa frágil y joven muchacha de ojos verdes que entregaba todo de sí, con fuerza y entusiasmo a la par de su joven esposo. Una vivienda modesta pero cómoda, siempre construida de material; nunca quisieron vivir en ranchos de barro y paja, que eran tan abundantes en los campos entrerrianos. Retazos de madera sirvieron como material para las sillas, las mesas, los armarios y los roperos. El nuevo hogar se levantó colocando ladrillos asentados en barro, en esfuerzo, en sueños y en esperanzas.
Ellos eran el fruto joven de esta inmigración -se habían formado en esta nueva tierra-, su castellano era perfecto aunque el ídish materno y milenario era su lengua íntima y familiar. Ya no pertenecían a esa vieja Europa donde la situación en la que vivían los judíos en la Rusia de los zares había llegado al límite de lo insoportable, hacinados en aldeas donde la miseria y el desamparo imperaban entre las viejas casuchas y las estrechas callejuelas del ghetto. Los sueños con poder trabajar su propia tierra eran visiones imposibles pues las leyes imperiales prohibían a los judíos la compra de tierras, y a esto se agregaban las penurias de los brutales y horrorosos exterminios en masa llamados "pogrom".
Querían conquistar esa negra y fértil tierra, crear un hogar para los hijos que vendrían y que se irían incorporando poco a poco a esa nueva identidad donde se fundían su ancestral tradición judía con el mate, el asado, las alpargatas, la bandera azul y blanca, los nueve de julio y la actividad productiva de la granja, la industria quesera y lechera, la cría de ganado y los cultivos agrícolas. Recuperar para ellos y su descendencia la libertad, la dignidad y la autorrealización que durante tantos siglos de destierro y sufrimientos no gozaban.
La vida deparaba hermosos momentos de felicidad pero también tuvieron que luchar contra escollos muy difíciles de sortear, que requerían un temple de dureza como esa madera dura del ñandubay que abundaba en los montes, solo apta para gente valiente e idealista como ellos. Estos incansables colonos cada tanto se dirigían al pueblo llevando el fruto de sus esfuerzos, huevos, gallinas, frutas, hortalizas y la cosecha para la venta, lo hacían con optimismo y esperanzados en obtener una gratificación monetaria adecuada a tantos sacrificios pero la realidad muchas veces les deparaba la desilusión de caer en el engranaje de los inescrupulosos mercaderes de aquellas épocas.
Otros de los grandes obstáculos que se interponían con sus anhelos de progreso eran el factor climático con sus devastadoras sequías que duraban a veces largos meses y dejaban a los animales sin su natural alimento o a los cultivos sin el agua necesaria para prosperar, las épocas de grandes lluvias que convertían los llanos y bajos campos entrerrianos en grandes lagos temporarios, el granizo que destruía despiadadamente con su frío y duro poder los huertos y las cosechas.
El devastador castigo que venia del cielo y que azotaba a los campos destruyéndolos en pocas horas cuando el cielo de la colonia se oscurecía, como una gran tormenta de nubes negras, era la tan temida plaga de langostas que devoraba inexorablemente todo aquello que fuese vegetal, convirtiendo violentamente lo verde en gris, desapareciendo como por arte de magia los cultivos y las pasturas, convirtiendo en pocos minutos en desierto al Edén.

Épocas en que la atención de la salud era una verdadera epopeya, los médicos y los hospitales eran pocos y estaban muy lejanos, a veces a cientos de kilómetros, los caminos de tierra negra se convertían en los lluviosos inviernos en verdaderos lodazales intransitables o en los ardientes veranos en largos y polvorientos trayectos a recorrer con carros o sulkys tirados por caballos. Largas travesías acompañadas de la angustia y el dolor de aquellos que perdían ese don tan preciado, la salud. Así Sara se convierte por tradición familiar y por la vocación de ayudar al prójimo en la partera improvisada y salvadora de muchas mujeres de colonos y de criollos que parían sus hijos al amparo de Dios y de la partera, en su casa, sin médicos ni medicamentos, sólo con agua hervida y sábanas escrupulosamente blancas y limpias.
La jornada de trabajo comenzaba muy temprano, se levantaban inexorablemente a las cuatro de la mañana, en las blancas y heladas madrugadas invernales o en los cálidos y perfumados amaneceres estivales. José a preparar los caballos y los enseres que tiraban el arado para preparar la tierra fértil y virginal que daría como fruto esa dulce y dorada cosecha regada con largas horas de esfuerzo, sudor y perseverancia. También a instalar o a reparar los molinos de viento que extraían el agua pura y fresca de los grandes ríos subterráneos que corren como venas cristalinas en las entrañas de la tierra; era el único especialista en molinos en esos pasajes rurales. Sara a amasar y a hornear en la negra cocina a leña, el blanco y tierno pan que los alimentaría física y espiritualmente a ellos y a sus futuros descendientes y a ordeñar sus vacas que esperaban ansiosas, separadas de sus terneros, para darle esa blanca y tibia leche que debía estar lista dentro de su reluciente recipiente metálico y que era retirado inexorablemente a las ocho de la mañana por los empleados de la cremería cercana para ser convertido en queso y crema destinada a las gentes de las incipientes ciudades argentinas.
Pasaron los años, la familia creció natural y espontáneamente como el trigo del campo, vinieron los hijos y con ellos grandes vientos de cambios que los llevaron a otros paisajes, a otros oficios, a otras realidades pero hubo algo que nunca se modificó a través de los tiempos y que fue el gran legado de José y Sara a sus descendientes.
Yo soy un orgulloso descendiente de José y Sara Maisuls y heredero natural de ese preciado legado: El sueño de la Tierra Prometida

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Carta desde Madrid

Madrid, 23 de Abril de 2010.-

Con gran emoción he leído los mensajes posteriores a la narración de Adela y me han traído a la memoria los momentos más gratos de mi vida. No nací en Las Moscas, ni viví allí (bueno, sólo temporalmente) pero me siento tan mosquero como el que más. Alguien ha dicho que uno no es de donde nace sino de donde se siente pertenecido, y yo me siento mosquero.
Ah, me olvidé presentarme: soy Jorge, hijo de María Cirlin, una de las hijas de Jaime y Rebeca Cirlin y tengo ya 64 años. He pasado con mis abuelos y tíos todas y cada una de las vacaciones estivales de mi infancia y juventud (a caballo con Basavilbaso, con mis tíos Abraham Golub y Nelly). Ya al día siguiente de terminar las clases en Gualeguay estaba montado en el tren rumbo a mi terruño.
Nombres y apellidos como Román Henderson, Negra Rotela, los Edelcopp, Luisito Rosenfeld, Sivak, Tito Pioli, Holtzman, Merlo y un larguísimo etcétera volvieron a mi memoria como si fuera ayer. En especial recuerdo a Ramón Rodríguez con su inseparable cigarro, la mano derecha de mi abuelo, que me aguantaba las travesuras sobre las bolsas de cereales del galpón del ferrocarril y respondía mis insistentes preguntas sobre el tema, a su hijo "Huguito", entrañable amigo lo mismo que "Licho" Noguera que arreglaban lo que yo "ordenaba" en los cajones de la tienda a mi mejor saber y entender. Un especial afecto para el Dr. Lifchitz y su hijo Alberto que me dejó "huérfano" de compañero de verano cuando se fueron a vivir a La Plata y ya Las Moscas se me hizo más aburrida (además de las hormonas que me pedían más Basavilbaso).
Recuerdo con placer el agua de pozo, fresca y agradable, las noches límpidas y estrelladas 360 grados a la redonda y alumbradas solo por las luciérnagas, el aire puro y el silencio acogedor, el olor a "pasto fresco" de la plaza, el arrullo de las gotas de lluvia sobre las chapas de zinc aunque no tan gratamente los barriales que se formaban al día siguiente ni el tener que salir a hacer mis necesidades fisiológicas fuera de la casa. Recuerdo las interminables veladas de charla, lectura y partidas de ajedrez con mi tía Fanny, la esposa de Beine, mis "peleas a muerte" con los numerosos gatos que había para combatir los roedores, el no hacer nada y la emoción de la llegada de los parques de atracciones y circos.¡Que felicidad!
Hace casi veinte años que vivo en Madrid y hace muchísimo que no voy por allá (mi intención se frustró un fin de año de hace unos años estando en Santa Fe, con todo organizado, y una huelga de expendedores de combustible lo impidió).
Ahora leo que el pueblo está en extinción pero que hay una esperanza de rescate. Ojalá se dé, porque me duele que se sufra donde el tan mentado "estándar de vida" está en lo más alto (y si no comprueben las tasas de longevidad) y que desearíamos tener los que vivimos en las grandes ciudades con todos sus progresos.
Un abrazo para todos los mosqueros.

Jorge Palma Cirlin
P.D.: Mi correo es jpalmac30@hotmail.com

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Bodas de plata

El pasado sábado 17 de Abril se realizaron los actos por el festejo de los veinticinco años de la creación del jardín de infantes "Sorpresitas", de la Escuela Nº 25 "General José de San Martín" de Las Moscas.
Agradeciendo la colaboración de Nora Mabel Pérez, compartimos las palabras de Stella de Rodríguez, ex-directora de la Escuela:

Y llegaron los duendecillos. Cuando pienso en los primeros tiempos del jardín "Sorpresitas" no puedo dejar de asociarlos con los cuentos de hadas y duendes... ¡¡¡Qué lindo fue!!!
La escuela se llenó de proyectos, casitas de muñecas, juguetes, libros de cuentos, canciones, colores y alegría...
La señorita Mónica el hada, los chiquitos los duendecillos... Porque realmente Mónica le ponía magia a las cosas para transformarlas. Con su guía los cajones de manzanas se convirtieron en cocinitas o heladeras, las botellas descartables en canastitas con flores, la timidez de los pequeñitos en poesías, canciones, risas y besos... Y todos aprendimos una manera más linda de vivir la escuela.
Por eso hoy no quiero hacer historia sino decirles a Mónica, a Delia, Mabel, Marta, Claudia y Ruth, como a todos los padres y niños del jardín "Sorpresitas" ¡¡¡¡¡¡¡¡Gracias por haber llenado de magia nuestra querida Escuela 25!!!!!!!!
¡Felices veinticinco años y que Dios los bendiga abundantemente!


El brindis por las bodas de plata del jardín[Clickeá sobre la imagen para agrandar]

Mabel también nos hace llegar las sentidas palabras pronunciadas por una ex-alumna de la primera promoción, Dorita Escobar:

Seño Mónica, qué lindos recuerdos tengo en mi mente guardados de vos, el jardín, mis compañeros, la escuela... Recuerdo lo apurada que estaba para que me trajeran al jardín. Yo quería jugar, compartir, escuchar tus cuentos y canciones. Te acordás qué poco teníamos: dos muñecas, bloques de madera, una repisa con libros...? Pero vos tenías esa magia de entretenernos con poco. Salíamos a jugar al patio, pero nunca nos aburríamos, nos enseñaste que si se quiere y hay voluntad, SE PUEDE. Por eso hoy que soy mamá le enseño a mi hijo a valorar lo que se tiene y a compartir.
Seño, son muchos los recuerdos que vienen a mi mente: todos lindos y felices. Muchas gracias por haber sido como fuiste con nosotros. Te quiero mucho.


Hermosas las palabras de Dorita. Ella y Stella coinciden en esa magia que tenía la Seño Mónica.
Mabel

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Una vida en cuentos

Este es el título con el que el docente y escribano Julio César Díaz publicó un libro de relatos y anécdotas sobre su vida.
Julio César nació en Hambis, departamento Colón, en marzo de 1929. Fue alumno de su padre (que llevaba su mismo nombre y también era docente y director de escuela) junto a su hermana Gloria. Egresó como maestro de la Escuela Normal "Mariano Moreno" de Concepción del Uruguay en el año 1947 y a lo largo del tiempo se desempeñó como maestro rural en distintos lugares de la provincia de Entre Ríos.
En Villa Clara se casó con Yolanda Aletti y se instaló en la colonia Rosh Pinah donde, ejerciendo la docencia, completó sus estudios de escribano en la Universidad del Litoral y continuó sus dos pasiones laborales: la escribanía y la docencia.

Una vida en cuentos[Clickeá sobre la imagen para agrandar]

Estos cuentos fueron recopilados y publicados por Julio César en su ciudad adoptiva, Concepción del Uruguay, en marzo de 2009, conmemorando así sus ochenta años. Les dejamos algunos de estos cuentos:

AYUDA A DON PEDRO
Un largo camino de tierra, oscura, polvorienta; poblada de verdes, ocres... Verde pasto, verde cardo... Rojas margaritas silvestres pintan heridas vistosas en el campo. De colonia Rosch Pinah a Domínguez estaba el rancho da Don Pedro, un poco antes de la cremería.
La "clemería" según los alumnos de la escuela (mis alumnos) era atendida por el "clemero", claro. Fabricaban crema con la leche que los colonos llevaban en carros y sulkys en mañanero transitar. El bucólico paisaje de nuestro viaje casi diario al pueblo en busca de víveres, correspondencia, conversación y noticias, todo nítidamente en mi memoria.
Don Pedro, buen amigo, trabajador y esforzado, con familia de muchos hijos en la escuela y necesidades siempre crecientes, decidió viajar a Villaguay para pedir ayuda a la Fundación Eva Perón cuya labor proficua y humana, a veces improvisada pero siempre generosa y productiva, proveía de alimentos y ropa a los pobres siempre y cuando éstos acreditaran su condición de tales.
Así Don Pedro, vestido con su mejor bombacha y sus alpargatas casi buenas, casi limpias, pañuelo al cuello y sombrero cotidiano, se dirigió a la Unidad Básica donde le informaron que debía justificar su pobreza con dos testigos. Sin amilanarse, solo y fuera de su pago, cruzó a la plaza y encaró a doa varones sentados en un banco; en su hablar pausado y criollazo les pidió que atestiguaran su condición de menesteroso. Los muchachos lo miraron con recelo y eludiendo el compromiso le respondieron:
-"¿Qué sabemos nosotros que usted es pobre? No lo conocemos..."
Don Pedro los miró con desconcierto, en su expresión ingenua se leía el desaliento... Con un brazo en la cintura se miró la bombacha descolorida y las alpargatas gastadas descartando el testimonio de su propia apariencia. Movió la cabeza y les espetó:
-"Si me firman en la Unidad Básica yo le doy diez pesos a cada uno."
Los muchachos se miraron, y dijeron al unísono: -"¡Así sí!"
Se levantaron del banco y se encaminaron juntos hacia la Unidad Básica para firmar que efectivamente Don Pedro era indigente.

SALVADO Y GRATIS
El desarrollo trajo jóvenes profesionales al pueblo y con ellos, a tónica distinta. Recién recibidos, médicos y dentistas comenzaron su profesión en el pueblo, que todavía reticente a abandonar del todo el siglo XIX se revolucionaba fácilmente ante estas novedades del progreso.
Don Guidal llegó montado a la escuela rural. Muy amigo mío, orejudo, chueco, de nariz aguileña, pequeños ojos azules y un corazón grande como el mundo...
Excitado, exultante, me informó:
-"Se le fue la mujer a Gaskansky, marchó con uno de los dotores nuevos. Tenía dos hijos... Cómo son estas mujeres, no piensan en lo que hacen ni el mal que le hacen."
Me quedé callado, sorprendido por la intempestiva noticia y tratando de interpretar esa mezcla de crítica al género con la pena de mi amigo.
Don Guidal no pareció advertir mi silencio apesadumbrado y compasivo. Moviendo la cabeza exclamó con profundo alivio:
-"...y el marido se salvó sin pagar nada."

PASCUALITO
En Entre Ríos, en la línea ferroviaria que ya no existe, entre Basavilbaso y Concordia, pasando Estación Urquiza, está Las Moscas, que aún existe.
Poblado pequeño a donde íbamos seguido para buscar mercadería, correspondencia, amigos y demás. A caballo o en sulky recorríamos una legua larga desde la escuela, con unas pocas casas cada tanto, muchas veces en el barro y bajo la lluvia. Recuerdo que nos cubríamos con una gran capa de paño negro que, aunque no era impermeable cumplía la noble función de cobijarnos.
Era el año 1952, Pascualito Pérez, boxeador peso mosca nos dio el alegrón del primer campeonato mundial argentino; todos lo celebramos con emoción, pero no tanto como un paisanito del pueblo, que eufórico, no cesaba de exclamar con glorioso triunfalismo: "¡Así nomás Moscas... tiene un campeón!".


EPPUR SI MUOVE
Lluvia y barro, barro y lluvia en la soledad de la Escuela, en el medio del campo. La familia se había quedado en el pueblo por enfermedad y ya iban cuatro días iguales de estudio y más estudio, interrumpido sólo para cocinarme algo; ni radio podía escuchar por el ruido de la descarga.
Sin ver a nadie ni oír una voz humana en varios días, sentí con gran alivio que golpeaban la puerta: un entrañable amigo que desafiando las inclemencias del tiempo llegó a caballo, tal vez buscando desentumecer el aburrimiento.
Intercambiando saludos afectuosos advertí que no había hablado con alguien en varios días; mi aislamiento me había hecho olvidar también del tema que por entonces, 1957, ocupaba todo el espectro de la vida cotidiana: no se hablabas más que del satélite artificial que los rusos habían puesto en órbita.
Mi inesperada visita era un sencillo hombre de campo, tan ingenuo como bondadoso y solidario. El tema del momento había despertado su curiosidad y estimulado por el temporal acudió al amigo más "leido" que tenía cerca. Así que mientras se sentaba en la galería y antes de yo pudiera hacerlo, me espetó la pregunta "¿Qué es eso del sateli?"
Todo mi espíritu vibró al compás de la compañía humana y haciendo gala de mis recursos didácticos, me acomodé en la silla, puse al frente los puños tratando de representar los movimientos de traslación y rotación de la tierra, a la par que iniciaba una explicación simple: "Vea Don Abraham, así como la Tierra se mueve...", levanté la vista hacia él y en vez de la expresión de entendimiento que esperaba, me encontré con un gesto entre alarmado y escéptico. Con incredulidad preguntó: "¿Se mueve...?".
Al tiempo me enteré de que mi amigo muy preocupado, comentó el hecho en el boliche del pueblo: "El maestro está loco ¡dice que la Tierra se mueve!", entre sonoras carcajadas de los contertulios. ¡Oh Galileo Galilei 1957!

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Extraño huésped

Nos comenta Nora Mabel Pérez sobre el premio obtenido recientemente por los alumnos de sexto grado de la promoción 2009 de la Escuela n° 25 de Las Moscas en el Primer Concurso Nacional de Cuento Ilustrado "El agua que nos da la vida", que fuera organizado por el Plan Nacional de Lectura del Ministerio de Educación y el Plan de Seguridad Alimentaria del Ministerio de Desarrollo Social, junto a UNICEF (Fondo de Naciones Unidas para la Infancia) y el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), en el marco de la celebración del Día Mundial del Agua. El concurso consistió en trabajar grupalmente en cada clase, en una producción de texto e ilustraciones, tomando como eje la concientización acerca de la importancia del agua y su cuidado.

Extraño huésped[Clickeá sobre la imagen para agrandar]

El pasado lunes 22 de marzo los ganadores estuvieron presentes en el Salón Leopoldo Marechal del Palacio Pizzurno, sede del Ministerio de Educación de la Nación en la ciudad de Buenos Aires, para recibir los premios, que consistían en una biblioteca con cien libros, una videoteca compuesta por un televisor, un reproductor de DVD y diez películas, y veinte juegos de mesa. Además incluye este primer premio la realización de un cortometraje –guión, producción y posproducción- a realizar en Las Moscas, que se presentará en la novena edición del Festival Internacional de Cine "Nueva Mirada para la Infancia y Juventud" a desarrollarse en Buenos Aires del 2 al 8 de septiembre de 2010, y también la publicación del cuento en un libro. Fueron acompañados en este viaje por las docentes Laura Weisheim -maestra de grado- y Silvina Rebacco -maestra de Tecnología y Educación Plástica-.

Alumnos y docentes junto a la Ministra Kirchner y el Ministro Sileoni[Clickeá sobre la imagen para agrandar]

La ceremonia de entrega de premios se realizó en la sede del Ministerio de Educación de la Nación, con la presencia de la Ministra de Desarrollo Social Alicia Kirchner y el Ministro de Educación Alberto Sileoni.
Los alumnos participaron con el cuento titulado "Extraño huésped" bajo el seudónimo "Como perros y gatos", escrito por Federico Binsak Videla e ilustrado por sus compañeros, y su trabajo fue seleccionado entre los más de mil presentados. El texto ganador dice así:

Extraño huésped

"El invierno de 1999, un grupo de mafiosos fue asesinado por un hombre contratado por Cacaroto Hatashima, un miembro de la mafia. El homicida era John Hitman, quien acribilló a los guardias y a los dueños de la mansión, los cadáveres fueron tirados y escondidos en el gran lago a dos kilómetros de la casa.
Tres años después, un grupo de científicos liberan deshechos en el mismo lago. De inmediato el agua se contamina totalmente y los parásitos comienzan a hacer actividad dentro de los cuerpos humanos.
Esos cuerpos retomaron la vida, los peces mutaron, las aves que comían los peces también mutaron. El resultado: peces, aves y humanos mutantes. Éstos mordían a la gente insertándoles los parásitos. Granjeros y trabajadores eran mordidos y transformados en bestias, los buzos se sumergían en el lago y eran mordidos por los peces, los parásitos controlaban totalmente a sus huéspedes.
Los granjeros mutantes con palas, picos, martillos y además, atacaban y masacraban a la gente, eran cuerpos putrefactos sin ojos pues eran muertos vivos. Todo cambió, peces de treinta centímetros se convirtieron en bestias asesinas de tres metros de largo, las aves con alas largas y picos dentados y afilados...
Los mutantes raptaron a la hija del Presidente León Wattson quién contrató a Scoot Weelson, un agente de las fuerzas especiales. Con un mapa de la zona, organizó y guió a tres grupos de ataque ubicados estratégicamente.
La mayoría de los mutantes estaban concentrados en el granero donde se encontraba Leena Wattson, la hija del Presidente, y fue difícil su exterminio. A través de un suero insertaban los parásitos a Leena lentamente, para que comenzaran la actividad dentro de su cuerpo. En ese momento, Scoot entra en el granero y ve a la chica desmayada, de inmediato le quita la aguja de las venas y rápidamente con su transmisor se comunica con los científicos quienes le avisan que ya se ha encontrado la forma de erradicar el parásito y así descontaminar el agua de ese bello lago.
Leena es rescatada en helicóptero que, a su paso, arroja en el lago el antídoto para exterminar a los parásitos. En el hospital le realizan una transfusión de sangre y de esta manera, los parásitos quedan fuera de su cuerpo.
Los grupos armados, con Scoot al frente, dan fin a los mutantes escondidos en el lago y sus alrededores, y los científicos logran ver que las aves y los peces, al alimentarse del lago, se van muriendo y desaparece así la extraña mutación.
El agua del lago queda limpia y libre de toda plaga y contaminación.
La vida de a poco fue recuperándose, la naturaleza y la lluvia se encargaron de no dejar restos de ese desastre.
El grupo de científicos que habían contaminado el lago, fueron identificados y puestos en prisión.
No todos terminaron felices y en familia como el presidente y su hija: los grupos especiales tuvieron pérdidas importantes, pero valió la pena ese gran esfuerzo porque la vida del lago volvió a ser lo que era."

Este es el cuento ganador. ¡¡¡¡¡¡¡Qué creatividad!!!!!!!!!! verdad?????
Felicitaciones Fede, vos fuiste el creador de este hermoso cuento con el apoyo de tus compañeros. Y no olvidemos que tanto Federico Videla como Fabián Oscar Burgos, Mario Daniel Huck, Paola Yohana Lescano, Liliana Vanesa Retamar, Jessica Valeria Rodríguez y Juan Cruz Saldivia son los únicos y verdaderos protagonistas. Felicitaciones, chicos!!!!!! Estamos muy orgullosos de ustedes.


Mabel

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