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Las brujas

Este relato que hoy compartimos forma parte del conocido libro "Los gauchos judíos", escrito por Alberto Gerchunoff y publicado en 1910, a modo de homenaje al primer centenario de la Revolución de Mayo, donde recoge estampas y relatos de la inmigración judía en la Argentina inspirados en sus recuerdos de niñez y adolescencia, y fue la primera gran expresión literaria de la utopía rural americana de los judíos que huían de la opresión zarista.
El de Gerchunoff fue un texto de gran impacto en el siglo XX, al punto tal de convertirse en una exitosa película de la mano del guionista y director Juan José Jusid, en 1975.

El escritor Alberto Gerchunoff
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Alberto Gerchunoff nació en la aldea rusa de Proskurov el 1º de enero de 1883 y falleció en Buenos Aires el 2 de marzo de 1950, a los 67 años, dejando inconclusa una importante obra que como escritor y periodista había emprendido en sus últimos años.
Su familia emigró a la Argentina en 1889 y se instaló primero en la colonia de Moisés Ville, en la provincia de Santa Fe, donde a pocos meses de su llegada, cierta trágica tarde del año 1891 Gerchunoff padre es asesinado sin ningún motivo aparente por un gaucho ebrio. Luego de este luctuoso suceso, se radicó en la colonia Rajil (o Rachel, del grupo de Colonia Clara), actualmente desaparecida, que estaba ubicada a unos pocos kilómetros de Las Moscas. En colonia Rajil pasó su infancia y fue labrador y boyero.
Ya en 1895 se trasladó a Buenos Aires, donde pocos años después comenzaría su actividad de periodista, que ejerció hasta su muerte, especialmente en el tradicional diario La Nación de Buenos Aires y en la revista "Caras y Caretas". Fue también profesor universitario y editor de numerosos diarios y revistas.
De él dijo Jorge Luis Borges:
Fue un indiscutible escritor, pero el estilo de su fama trasciende la de un hombre de letras. Sin proponérselo y quizá sin saberlo, encarnó un tipo más antiguo: el de aquellos maestros que veían en la palabra escrita un mero sucedáneo de la oral, no un objeto sagrado.
Y en el prólogo de la primera edición del libro, el escritor regionalista entrerriano Martiniano Leguizamón saludaba a Gerchunoff como a uno de los escritores de la tierra: tiene el don de desentrañar la oculta belleza de los asuntos más sencillos y familiares.
Es de destacar que hacia el final del cuento que aquí publicamos se hace referencia a Las Moscas.

Las brujas

—¿Si creo en las brujas? —preguntó rabí Abraham—. Hombre, es un asunto serio. —Y el matarife desarrolló un detenido razonamiento para fijar sus opiniones sobre el problema—. Dice el Talmud —añadió en tono doctoral— que dos fuerzas guían el alma de cada persona: el ángel bueno y la mala sombra, que en viejo hebreo se designa con el nombre de Satán. Ahora bien; no es posible negarlo. El Talmud lo dice con claridad. Si existen los ángeles deben existir también demonios, y, en tal caso, éstos se valen de seres impuros para ejercer su comercio.
El tema se suscitó a causa de una noticia que dejara pensativos a los vecinos reunidos aquel sábado en la sinagoga. Parece que rabí Ismael Rudman oyó a medianoche ruidos extraños en el techo. Al principio no les atribuyó importancia.
—Es el viento —pensó.
Pero momentos más tarde, el ruido se dejó oír de nuevo. Entreabrió la ventanita que daba a la quinta y pudo ver que no era el viento, pues la cortinilla de punteado percal no se movía. Mientras tanto, sobre el techo de paja ocurría algo raro. Entonces, rabí Ismael resolvió averiguarlo con exactitud. Encima del alero le fue fácil dominar el techo. Desde allí se veía toda la colonia en la noche temblorosa de claridad, bajo el cielo límpido, iluminado por la luna llena. El ganado, en el potrero, descansaba disperso, y el arroyo era como un tajo blanco. El tajamar elevaba su masa compacta y negra. Nada había sobre el techo, pero el ruido se repitió algunas veces.
—En el techo no hay nada...
Brane, muy alarmada, aconsejó al marido que descendiera enseguida.
—¡Quién sabe! —dijo—. Puede ser que se trate de algo impuro...
Y en voz baja masculló la oración que ahuyenta los fantasmas. Estaba en camisa. Deshecho el pelo lacio, de un rubio como desteñido, caíale por la espalda y varios mechones sombreaban la frente desproporcionada y arrugada. Una racha débil entreabrió la camisa, y sus pechos exhaustos cobraron tonos azulados a la luz de la luna. Un terror vago inundó su espíritu y sintió que un frío agudo estremecía su cuerpo.
—¡Ismael, bájate! —exclamó con acento que no parecía el suyo.
Ismael, hombre poco dado a los miedos nocturnos, algo descreído, experimentó al oír la súplica de Brane un sentimiento de súbito temor, y sin contestar saltó del alero al suelo.
Ya no durmieron en toda la noche. Cerrada la ventanilla y atrancada la puerta, pasaron las horas restantes meditando en el incomprensible suceso. Continuaron los ruidos. Rabí Ismael, a instancias de Brane, buscó el misal y leyó rezos distintos para alejar, con la invocación del nombre sagrado, las influencias malignas. Mas la palabra divina no logró apartarlas. El ruido siguió, y sintieron que un vuelo oscuro rozó por afuera la pared izquierda y el techo se onduló...
Un gallo cantó en el cortijo. La luna palideció y sobrevino quietud profunda. Se durmieron con la aurora y se despertaron muy tarde, de mañana ya.
—Vete a la sinagoga —le dijo la mujer.
—Iré.
Al vestirse, abrió la ventana. La claridad de un día magnífico llenó la habitación. Ismael, al mirar a Brane, vio algo que lo aterró; sus pies vacilaron y apenas pudo llegar hasta la silla, reponiéndose con el aire fresco que entraba. La mitad de la cabeza de su mujer había encanecido...
—¡Es extraordinario! —dijo el matarife.
—¡Es extraordinario! —replicó Kelner.
—Son brujas... —insinuó otro.
—Brujas han de ser no más —asintó un tercero.
Y con este motivo se inició una discusión.
Moisés Hintler consideró que eran cuentos de vieja. Había vivido siempre en los suburbios, en su ciudad natal, en Rusia, y nunca había oído siquiera referir una cosa semejante.
—Dormí una noche entera en medio de un bosque y nada vi —aseguró—. Dormí lo más bien...
—No es una demostración —repuso Kelner—; yo no soy supersticioso, pero...
Y refirió un acontecimiento curioso. Por cierto, no lo presenció. Sin embargo, lo había oído de boca del rabino de Tulchín, y le merecía la mayor fe, pues un hombre tan austero no se entretendría en engañar al prójimo. ¡Por Dios, un rabino...!
—Un día —comenzó— cierta familia de Haisin emprendió viaje a un punto lejano. Hacíase en aquel tiempo el viaje en diligencia y no había seguridad en el camino. Iban temerosos los viajeros, con el puño sobre la escopeta y el alma puesta en Dios. En aquellos años los bandidos asaltaban las granjas y a menudo invadían los pueblos llevándose bienes y doncellas.
De modo que la familia, cuando a escaso trayecto vio nublarse el cielo y en el fondo extenderse la selva como una inmensa mancha, sintió miedo y preguntó al auriga si amenazaba peligro.
El moscovita contestóle:
—Lo hay por todas partes aquí.
Los mozos, que eran tres, aprontaron las armas, el viejo cargó las pistolas y las mujeres empezaron a masticar oraciones. Las nubes no tardaron en tornarse diluvio y la noche cerró, densa y triste. A lo lejos brilló una luz; los viajeros avisaron al auriga y este enderezó hacia el sitio.
—Debe ser una taberna —dijo.
—Taberna parece —repuso el anciano, tratando de dar a su voz entonación firme y tranquila. Llegaron pronto; el tabernero no respondía.
—Hay luz y no contestan —opinó el auriga— Yo no entro.
—Es que llueve y no oyen —contestó uno de los mozos.
Al fin de tanto llamar, alguien asomó por la ventana.
—¡Eh! ¿Cuántos son?
—Ocho somos —dijo uno de ellos.
—Siete, porque yo no entro —gritó el auriga.
Y entraron. Casa sórdida era la tal taberna. Velones de sebo alumbraban las rajadas paredes, sucias de hollín, que terminaban bajo travesaños de vigas de las cuales colgaban gruesas cuerdas.
Al disminuir el estrépito de la lluvia, almas y cuerpos se helaron de miedo, pues pareció a los huéspedes oír un llanto que venía como de un sótano. Los hombres se miraron.
El menor de los muchachos interrogó al padre:
—¿Será tal vez la hostería de los Tártaros?
—Tal vez...
Siguió un gran silencio. Era aquélla una cueva famosa donde secuestraban viajeros y pedían después su rescate en la ciudad. Así lo supieron al darse cuenta de que las puertas y ventanas estaban protegidas, del lado de afuera, con anchas barras de hierro.
El anciano era prudente. Vio cerca la muerte, y pensó que nada ayudaría pelear y gemir.
—Recemos —dijo— las oraciones necesarias e invoquemos a nuestros antepasados.
Arreciaba la lluvia. El huracán hacía crujir las pesadas vigas del techo y el trueno parecía meterse dentro de la misma casa.
Pasaron horas.
Una vez, al mirar una ventana redonda, vieron en ella la cara terrible del que les abriera la puerta, y luego oyeron el chirrido con que afilaban un cuchillo.
Todos rezaban en voz baja, golpeándose el pecho.
—Dios nos dará su ayuda —afirmó el viejo.
—Dios nos oiga —contestó la mujer—. Pondré velas finas todo el año ante el santuario de la sinagoga.
En esto resonó la aldaba del portón.
—Viene gente.
—Serán bandidos...
—No digas agorerías, mujer, que son nuestros salvadores.
Los tártaros no quisieron abrir. Nuevos golpes de aldaba sonaron y nuevos truenos llenaron de terror la taberna.
Por último cedió el portón y entraron muchas personas.
—Por aquí —indicó con tono rudo el tabernero—; por aquí, que esta habitación está cerrada.
Los recién llegados sacaron la cadena de la puerta y, sin oír al guía, penetraron. Eran muchos hombres y mujeres que vestían trajes de fiesta, como señores.
El viejo se dirigió a ellos:
—Doy gracias a Dios que escuchó nuestras plegarias.
—No venís mojados y afuera llueve —observó una hija suya.
—No lo extrañes, hija mía —contestó aquél.
Uno de los viajeros era manco. Acercóse a la puerta y golpeó, llamando al dueño, que vino en seguida.
—Tráenos de beber y comer; que sea buena carne y buen vino.
—Están vacíos los sótanos —repuso el otro.
—Yo iré contigo.
Y se fue tras él. Pocos minutos después vino el manco con cautivos. Todos se pusieron alegres y todos rieron y cantaron. Afuera amainó el huracán y apareció la luna.
Entonces salieron en el carro; partieron rumbo a la ciudad de Haisin; en luciente cortejo les seguían los salvadores; y cuando el alba iluminó el camino los misteriosos viajeros se habían desvanecido en la niebla y la taberna de los Tártaros ardía en altas llamas...
Y Kelner terminó:
—El rabino de Tulchín, hombre docto y verídico, me dijo una vez, refiriéndose al suceso:
—Eran los antepasados de aquella familia, invocados por las oraciones del viejo, quien vino después a preguntarme sobre la forma en que debía agradecer la salvación.
—¿Y la historia de la cruz de Las Moscas? —interrogó Jacobo.
Era ésta una antigua historia. Un día, cierto vecino de Carmel necesitó ver a don Estanislao Benítez. Al pasar por Rajil, preguntó al peón del alcalde las señas para llegar a casa del estanciero.
—Mire, don —le dijo el paisano—; usted va derechito y toma por la izquierda al doblar el tajamar; después sigue nomás y verá una cruz; toma por la derecha, y media legua adelante vive don Estanislao.
El colono hizo el viaje según las señas del peón; vio la cruz y llegó.
Otro, en cambio, a quien éste repitiera las indicaciones, se extravió. Volviendo, de noche ya, le dijo que no encontró cruz alguna.
Al día siguiente fueron los dos. Al llegar al punto, le mostró, señalando a medio kilómetro. —¿No ve allí la cruz?
—No veo...
—Pero allí, hombre, entre los cardales...
Volvió a mirar, hasta que por fin pudo decir:
—Sí, allí está.
El hecho se repitió con muchos colonos.
Cuando lo supo don Estanislao fue a dicho sitio —era el más antiguo del pago— y comprobó que la cruz nunca había estado allí.
—No puede ser —afirmó el peón—. Hace diez años —agregó— que paso por allí.
Fue una vez más y declaró que "alguien la había sacado".
La mujer del boyero, informada del extraño acontecimiento, lo comentó de este modo:
—¿La cruz del camino de Las Moscas? La ponen y la quitan las brujas. Yo misma lo he visto...
Desde aquel día muchos temían pasar por aquellas cercanías; y otros vieron a las brujas.
Ellas sustrajeron —claro está— la coyunda en casa del alcalde y unas ropas en casa de Hintler. La huella de los seres impuros se advertía a menudo y lo ocurrido con los Rudman lo demostraba.
Algunos se reían:
—Era lo único que nos faltaba para ser todo un pueblo. Hasta brujas tenemos que roban coyundas y ropa...
Pero el caso de Rudman era grave. Terminadas las oraciones, los judíos se dirigieron a su casa. Desde lejos examinaron el techo de la casuca mísera. Primero entró rabí Israel con el matarife, y al acercarse al rincón en que estaba la cama, lanzaron un grito. Brane yacía muerta en el suelo, retorcida la boca en una mueca espantosa...

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Otoño en Las Moscas

Éstas hermosas fotos fueron gentilmente aportadas por Emanuel Heinse y reflejan el paisaje mosquero en ésta época del año.

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Las Moscas con el campo...

Nos escribe Viviana Heinse:

Pasaron ya varios días desde que comenzó el conflicto del campo, y todavía estamos en él. Como no podía ser de otra manera, Las Moscas estuvo y está presente en esta lucha que es de todos, ya que la gran mayoría de nuestro pueblo trabaja y vive del campo...

Las Moscas con el campo...[Clickeá sobre la imagen para agrandar]
Algunos con más y otros en menor proporción, pero es así.
Sigamos unidos y luchando por lo que es nuestro. No nos dejemos pisotear...
Hasta la próxima.

VIVI

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El paro agropecuario y la política del campo sin gente…

Gustavo Baccón nos deja su opinión personal sobre este tema tan polémico, enfocada particularmente en el éxodo rural que sufre nuestro país desde hace algunos años:

A algunos tomó casi por sorpresa que la gente del campo logre hacer tanto ruido por estos días; es que parece formar parte del inconsciente colectivo que el gaucho es trabajador y callado, manso y firme a la vez… Por eso no parece que pudieran generar estos sectores del país el mismo "sonido" que la CGT, la CTA o cualquier agrupamiento obrero cuando se lo propone.
Parece que nos olvidamos de la historia, de esos que batallaron en Caseros con Urquiza y que después, mientras curaban sus heridas, surcaban cuchillas con mancera y bueyes. O que el Grito de Alcorta (esa gesta casi tan importante como la Reforma Universitaria) se produjo en un año de cosechas récord, en una Argentina que exportaba como nunca; muy similar a la de hoy…
Tampoco recordamos el colorido cultural, social, económico y humano que fue la época de la colonización, impulsada por Urquiza pero que se manifestó en el país por casi un siglo, a la sombra del tendido ferroviario, pensado en el desarrollo de muchas pequeñas poblaciones y su entorno eminentemente rural. (¿El proyecto del "Tren Bala" podrá desarrollar estaciones cada diez kilómetros, o será solo en beneficio de dos o tres grandes ciudades?).
¿Que sucede en una ciudad media, Concordia por ejemplo, con un pequeño lechero dispuesto a vender, digamos, cien litros de leche fresca en el ejido urbano?. Bromatología lo imposibilita de hacerlo. Esta muy bien, pero ¿qué criterio ocupa esta misma "Bromatología" cuando se trata de alguien que vende choripanes (que no son hechos por él) en cualquier parte de la ciudad?.
Sin dudas que es mucho mas permisiva, ya que "el hombre está trabajando, no está robando ni está pidiendo…". Los riesgos para la salud son idénticos, pero se le dan más prebendas al hombre de la cuidad con un claro y nefasto mensaje subliminal: Vayámonos del campo. No hagamos queso, no produzcamos huevos o leche, ni lechuga, tomate, ni nada. Vayamos a la cuidad a probar suerte…
Mas de cien mil productores agropecuarios partieron en los últimos años de sus explotaciones a engrosar las villas de las periferias citadinas. Este es el fracaso del modelo social y económico impuesto en el país en los últimos treinta años, para el campo…
Que la discusión tenga como eje al monocultivo transgénico de la soja, que ha transformado a las multifacéticas explotaciones rurales en mantos verdes de porotos que ni siquiera nos gustan para comer, también hablan de un fracaso en la política agropecuaria… La dependencia y fragilidad de un sistema de monocultivos es indiscutible. ¿Será por eso que no se habla del tema?.
Pensar que a este conflicto se llegó por las retenciones es no ver lo antes dicho, no ver los más de seiscientos pueblos rurales que se están quedando sin gente, pensar en la cantidad de ciudadanos sin caminos, sin estaciones de servicio a menos de cincuenta kilómetros, sin señal en sus celulares por la ausencia de antenas, pagando doscientos y tantos pesos como monotributistas o muriendo en el mercado negro, pues su ganancia no alcanza para pagar los impuestos. Aún así, sin las necesidades básicas insatisfechas debido a sus propias huertas familiares, producciones avícolas y lecheras, sin acceso al crédito, a la salud y la escuela a menos de veinte kilómetros, etc.
Pensar que este conflicto no tiene que ver con el apiñamiento en las ciudades grandes, en casas que no tienen patio, por ende no tienen posibilidad de gallinero, huerta, aire, sol, etc. Sólo perros, gatos y celulares, que aquí si funcionan de maravillas… (¿¿¿para producir qué???) es no pensar en una política de desarrollo campesino.
Pensar que el paro del campo es un "Piquete VIP" es preferir a los piquetes de la intolerancia y al modelo del campo sin gente… es no pensar en el problema rural de forma integral… y lo opino desde la vereda del transversalismo, es decir la solución política mas allá de los partidos, en esa dirección apoyé, y aun lo hago, al gobierno de los Kirchner, así que no me digan opositor: díganme OFICIALISTA.


Gustavo Baccón

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La Clotilde

"La Clotilde" es una revista que se edita en Monte Grande, partido de Esteban Echeverría, en la zona sur del Gran Buenos Aires, cuya temática principal es el turismo rural. En su reciente edición referida a la colonización judía en Entre Ríos recogió testimonios en la ciudad de Villaguay y sus alrededores, y dedicó un artículo a Las Moscas y la cercana Líbaros, mencionando incluso la anécdota enviada tiempo atrás por nuestra amiga argentino-venezolana Adela Liberoff al weblog de Clarín Pueblo a Pueblo.
Cabe destacar que esta exclusiva revista se edita en español e inglés y se distribuye mayormente en shoppings, hoteles, estaciones de servicio y countries de Buenos Aires, la costa atlántica, Bariloche, Villa La Angostura y El Calafate, así como también en clubes de polo de Inglaterra, los Emiratos Árabes Unidos y España.

Tapa de la revista 'La Clotilde'
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El artículo publicado dice así:

Lugares: Las Moscas y Líbaros

El tren fue formador de pueblos. El ramal Urquiza tenía, cada treinta kilómetros, un paraje con un tanque de agua, a su alrededor se formaban los primeros caseríos. Las Moscas y Líbaros fueron dos de ellos; el primero, testigo de una historia de amor.


Foto publicada en el artículo

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Luego de 1860 el país empezó a tender sus líneas férreas, cada treinta o cuarenta kilómetros se instalaba un tanque de agua, alrededor de él se iban formando los pueblos, por eso se consideraba al tren formador de lugares.

Las Moscas, ex Salvador María del Carril, fue escenario de una historia de amor narrada por Adela Liberoff en el diario Clarín de 5 de junio del 2007. Líbaros es la colonia siguiente.

La familia Wexler era propietaria del almacén de ramos generales, punto de varias reuniones sociales, y sucursal Las Moscas y Líbaros del Fondo Comunal. Todos los pueblos estaban rodeados por colonias, en donde se aprendía el hebreo. Las maestras que llegaban de París para ejercer la enseñanza eran de origen Sefaradíes y hablaban el castellano. Entre ambos pueblos había escuelas como la de Raigón, Rosh-Pinah, y otras como la 25 y 37.

Adela cuenta una historia de amor ocurrida en Las Moscas. Así se crea un clima de mucho suspenso y emoción, hasta el desenlace final. En aquellos años, en 1930 los jóvenes partían tentados por las grandes urbes, y algunas mujeres le temían a la soltería. Los romances por carta eran testimonios legendarios por entonces. Una joven lee en una revista de la época el aviso de un galán con fines serios.

Durante la narración, con final feliz, se van describiendo detalles del pueblo, costumbres y las deformaciones del idioma como la palabra "Jefe" de estación, que en aquellos años la escribían como "Gefe". Tanto Las Moscas como Líbaros tuvieron un movimiento comercial de importancia especialmente en épocas de cosecha. La tecnificación de la maquinaria y constante búsqueda de oportunidades redujeron su población.

Muchos pobladores recuerdan los trenes cargados de jóvenes, que iban a cumplir el servicio militar. Hoy Las Moscas tiene menos de quinientos habitantes y la de Líbaros es aún menor, sólo se circunscriben a los recuerdos. Las estaciones, de estilo inglés, son testimonios de aquellos relatos, símbolos de sus identidades.

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La escuela "Misia Clementina"

En coincidencia con el inicio del ciclo lectivo 2008 en nuestra provincia de Entre Ríos, publicamos algunas fotos sobre la Escuela número 37 "Misia Clementina", ubicada en la colonia de Las Moscas.

La escuela número 37
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Esta escuela rural fue nombrada así en honor a la señora Clementina Conte de Alió, quien fuera la primera directora de la "Escuela Normal de Preceptoras" de Concepción del Uruguay, que en aquel entonces era la capital provincial.
Doña Clementina había nacido en Nimes el 4 de enero de 1838 y se había educado en su Francia natal, donde se había plasmado su personalidad y enriquecido su espíritu. En 1869 llegó a la República Argentina y, poco después, contrajo enlace con el doctor Agustín M. Alió. Curiosa decisión del destino: poco tiempo más, y dos de los más prestigiosos institutos educativos del país, el histórico Colegio del Uruguay y la Escuela Normal de Preceptoras de Concepción del Uruguay, estarán dirigidos, el primero por Alió, desde 1871 y el otro por doña Clementina, desde 1873. Ambos esposos unidos en el amor y en el ideal común del quehacer educativo.

Asumió este importante cargo el 16 de marzo de 1873, habiendo sido propuesta como directora por el doctor Martín Ruiz Moreno, jefe del Departamento de Educación de la provincia de Entre Ríos, quien reclamó con insistencia la creación de la Escuela Normal. Cobraba vida, así, la tercera Escuela Normal - primera para mujeres - que abrió sus puertas en el territorio de Entre Ríos.

La escuela nº 37 "Misia Clementina"

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